Sobre la belleza

En esta ocasión en el articulo, que he escrito en la revista homonosopiens, reivindico la práctica de la contemplación de la belleza, como acción subersiva frente a las imágenes estereotipadas y fabricadas en serie por la sociedad de consumo en la que vivimos. El enlace original está aquí. El texto es el siguiente:

Theodor Adorno inicia su obra la Teoría Estética de este modo: “Ha llegado a ser evidente que nada referente al arte es evidente: ni en él mismo, ni en su relación con la totalidad, ni siquiera en su derecho a la existencia”. A partir de sus palabras -aunque hayan pasado 50 años desde su publicación- se puede poner en contexto el concepto de belleza en la actualidad. Es cierto que la belleza, siguiendo la crítica de Adorno al arte, se ha visto desvirtuada -no tan sólo en el ámbito artístico- por parámetros capitalistas, perdiendo su autonomía para convertirse en mercancía y, también resulta evidente, que su propia rentabilidad pone en peligro hasta su propia existencia. Además, la experiencia y el anhelo de contemplar la belleza en sí misma también se ha visto alterada -por no decir que está en peligro de extinción-, puesto que se hace menos frecuente aquella experiencia a través de la cual entramos en contacto con una dimensión esencial y profunda de nuestro ser. La belleza, por tanto, en muchos casos, ha dejado de ser bella porque sigue una finalidad, sea la de producir dinero o la de complacer a otros, no por quienes somos sino más bien por lo que deberíamos ser. Esto viene determinado en muchas ocasiones por las empresas y el mercado. Nos volvemos con ello heterónomos, es decir dependientes de una marca y de una imagen, que no son más que un débil reflejo, una imagen esperpéntica de la belleza -de la no belleza-, que nos convierte en esclavos de apariencias que nos alejan de nuestra identidad.

En esta idea de belleza vacía de belleza -que es superficial, estéril y heterónoma- devenimos sujetos pasivos, faltos de libertad y poco creativos. Buscamos con ansiedad poseer y retener la belleza a golpe de talonario, sin comprender que ya somos belleza esencialmente. No hay nada más ilusorio que pensar que podemos comprar la belleza, cuando lo que en realidad nos sucede es que estamos atados de manos y pies, en una caverna al modo platónico, sin poder ver que la auténtica belleza reside en nosotros mismos. De este modo, vivimos en continua guerra contra el tiempo porque no queremos que se desvanezca la belleza de nuestra juventud, ni que se marchiten las flores de nuestro jarrón, cuando es precisamente en ese transcurrir del tiempo donde se halla el misterio de la existencia y su belleza. La auténtica belleza es atemporal y, en su misma contemplación vivimos en el instante esa experiencia sublime de que podemos existir más allá de la temporalidad: tenemos la impresión de que el mundo se ha detenido y de que se ha borrado toda separación entre yo y el mundo.

Frente a una belleza enlatada y producida en serie, la filosofía reivindica la experiencia contemplativa de la belleza, que remite a una experiencia del SER, que resulta ser transformadora porque nos abre al mundo desde un sentir que emerge de nuestra interioridad más profunda y radical. Supone, pues, un antídoto y un acto revolucionario porque implica una pausa o una acción de detenerse ante la aceleración del tiempo que no para de correr. La contemplación nos lleva a otro lugar porque nos conecta con lo que ya somos: la belleza de nuestro ser es la belleza que hace bellas a las cosas bellas. Pero, veamos, un poco más en detalle lo que se entiende por contemplación. El término contemplación proviene del vocablo latino contemplatio, que deriva de contemplum, una plataforma situada delante de los templos paganos, desde la cual los servidores del culto escrutaban el firmamento para conocer los designios de los dioses. De contemplum procede asimismo el término latino contemplari: «mirar lejos» y fue utilizado en la antigüedad para traducir la palabra griega theoría, «contemplación». Contemplar es, pues, una experiencia del Ser que implica una mirada atenta, profunda y detenida sin juicio. Mónica Cavallé nos clarifica esta idea a través de las siguientes palabras: “La contemplación era, además, un conocimiento experiencial: conocer el Ser era ser el Ser. Contemplar era tornarse uno con lo contemplado”. En el tema que nos ocupa, la contemplación de la belleza es una experiencia que aspira a la “visión” y el contacto con la belleza, una vivencia en la que subyace una capacidad para ser conmovidos y afectados y, que posibilita una modificación de nivel de conciencia y de transformación. Cabe subrayar que esta concepción de vida contemplativa queda paulatinamente relegada por una concepción de la filosofía entendida como discurso teórico fruto de una actividad estrictamente intelectual. Hecho que comporta un empobrecimiento y alejamiento de la experiencia de ser belleza porque es absolutamente vano intentarlo desde una serie de teorías o discursos, ni tampoco desde los distintos estándares fabricados que la sociedad de consumo nos ofrece. En sus palabras, en El arte de Ser, Mónica Cavallé lo expresa de la siguiente manera:

“De modo que, si bien la cultura dota en cierta medida de contenido a estas nociones, no es la cultura la que crea en nosotros la aspiración al bien, a la belleza o la verdad, ni la capacidad de conmovernos ante un acto bueno, ante una realidad bella, ante la congruencia inapelable de la verdad. Paradójicamente, al tratarse de una luz que es siempre más originaria que cualquier contenido de conciencia particular, es un criterio que no se puede aferrar, compendiarse en una serie de juicios. Lo que nos pone directamente en contacto con la dimensión más profunda y significativa de lo real no son los procesos ni los contenidos mentales, tampoco las emociones (que son ecos de los movimientos mentales), sino un sentir que es algo así como el tacto, el gusto o la vista de lo profundo en nosotros”.

En este sentido también encontramos en Byung-Chul Han en su obra Filosofía del budismo Zen, en el capítulo donde trata el concepto de vacío en el budismo encontramos una referencia sugerente de lo que es la contemplación:

«El vacío “vacía” al que mira en lo mirado. Se ejercita un ver que en cierto modo es objetivo, que se hace objeto, un ver “amistoso” que deja ser. Hay que considerar el agua tal como el agua ve agua”. Una contemplación perfecta se produciría por el hecho de quien contempla se hiciera “acuoso”.

También dice:

“El asno ve en las fuentes y las fuentes ven el asno. El pájaro mira la flor y la flor mira al pájaro. Todo esto es la “concentración en el despertar”. La esencia ejerce su fuera esenciante en todo lo presente, y todo ser presente aparece en la esencia una”.

En otra parte del libro expresa:

“Contemplar el paisaje de modo exhaustivo significa hundirse en él apartando la mirada de sí mismo. El que contempla no tiene aquí el paisaje como un objeto que está frente a él. Más bien, el contemplativo se funde con el objeto”.

En esta idea de tornarse uno con lo contemplado y de fundirse con el objeto, subyace la idea de que la belleza que reside en todos los cuerpos es una e idéntica. Aquí en este punto resulta necesario hacer una referencia a Platón, cuando expresa de forma magistral el camino para llegar a la visión de la belleza. Su definición de belleza radica en mostrar que la belleza es el resplandor de la idea en la cosa. Es «presencia», aparecer de la presencia misma de la idea en la cosa misma. Las cosas son bellas porque nos transportan fuera de lo inmediato y material, a través de ese resplandor de la idea en lo material. A través de ese impulso de deseo de lo bello (Eros) ascendemos desde las cosas materiales hasta la idea misma de belleza, por lo que se hace visible a los ojos del alma. En su obra El Banquete muestra esta idea:

“En efecto, si es preciso buscar la belleza en general, sería una gran locura no creer que la belleza, que reside en todos los cuerpos, es una e idéntica. Una vez penetrado de este pensamiento, nuestro hombre debe mostrarse amante de todos los cuerpos bellos, y despojarse, como de una despreciable pequeñez, de toda pasión que se reconcentre sobre uno sólo. […] Siguiendo así, se verá necesariamente conducido a contemplar la belleza que se encuentra en las acciones de los hombres y en las leyes, a ver que esta belleza por todas partes es idéntica a sí misma, y hacer por consiguiente poco caso de la belleza corporal. De las acciones de los hombres deberá pasar a las ciencias para contemplar en ellas la belleza; y entonces, teniendo una idea más amplia de lo bello, no se verá encadenado como un esclavo en el estrecho amor de la belleza de un joven, de un hombre o de una sola acción, sino que lanzado en el océano de la belleza, y extendiendo sus miradas sobre este espectáculo, producirá con inagotable fecundidad los discursos y pensamientos más grandes de la filosofía, hasta que, asegurado y engrandecido su espíritu por esta sublime contemplación, sólo perciba una ciencia, la de lo bello. «

Para acabar, cabe decir que la contemplación se puede cultivar a través de la práctica. Es tan sólo a través de una experiencia que ejercitamos de forma continua cuando puede transformarse una mirada atrapada en la prisión egótica, a una mirada más lúcida, profunda y fecunda. Platón acaba de darnos algunas indicaciones de cómo, siguiendo el anhelo y amor que reside en nosotros mismos de aspiración de la belleza y, también, a través de la contemplación, podemos “engrandecer nuestro espíritu”, elevarnos hacia el pensamiento puro y amor de la belleza y la verdad. Añado, de la mano de Consuelo Martín, unas indicaciones, que en la línea de Platón, añaden un matiz, quizás más práctico y accesible para iniciarse en una vida contemplativa. Os dejo, pues, con sus palabras y con todo mi deseo de que puedan servir para este fin:

“La contemplación implica desdibujar y volver a dibujar de nuevo una realidad, que ya no busca fuera de nosotros lo que ya somos, sino que implica ser a la vez lo contemplado, que es lo que profundamente somos. Cuando reconoces la belleza en una flor sumérgete en la belleza misma. Desde el objeto donde la has reconocido por tu sensibilidad, gírate hacia la belleza misma y quédate en ese estado. Sólo queda esa hermosura que es el reflejo de lo divino en lo manifestado. El reflejo que te lleva al origen. Tú no eres alguien que añora la belleza de una flor. Eres belleza. Contempla esa belleza que eres. Contempla la perfección que añoras. No intentes atraparla. Sólo dedícate a contemplarla”.

Sobre la confianza

Esta vez escribo en la revista Homonosapiens sobre la confianza, brújula de nuestro pensar y sentir, que nos orienta, sin duda, a la vida buena. El artículo original está aquí

Sobre la confianza

¡Oh mundo, todo cuanto se adecua a ti se adecua a mí! Nada sucede para mí demasiado pronto ni demasiado tarde siempre que sucede a tiempo para ti. Oh naturaleza, cualquier cosa que tus estaciones proporcionen será fructífera. Todo de ti, todo en ti, todo para ti.
                                                                                                                                            Marco Aurelio, Meditaciones

Entre todas las acepciones que existen sobre el concepto de confianza, me centraré en la que apela a una disposición o actitud a creer, tener fe y rendirse a lo que uno es en sí mismo que, a su vez, converge en la actitud de vivir conforme a la Razón. En palabras de Pierre Hadot en Ejercicios espirituales y filosofía antigua, al hilo de la anterior cita de Marco Aurelio, que influye a Jules Michelet, esto quiere decir lo siguiente:

Vivir conforme a la Razón supone por lo tanto reconocer que aquello que sucede “a tiempo” para el mundo sucede también a tiempo para nosotros mismos, que eso que “armoniza” con el mundo “armoniza” con nosotros mismos”, que el ritmo del mundo debe ser nuestro mundo. De este modo tal como Marco Aurelio repite por doquier, “amaremos” todo cuando el mundo “ama” crear, estaremos en armonía con la armonía de la propia naturaleza.

Desde esta perspectiva, por tanto, nos alejamos de una “falsa” concepción de la confianza que esté en relación a cumplir unas expectativas, es decir, de un apego a cómo deberían ser las cosas, el mundo y nosotros mismos, que no sería más que una expresión de nuestros propios límites a la hora de aceptar la realidad tal como es. La confianza va más allá de teorías, de los resultados y de exigencias ficticias porque está vinculada a la expresión de nuestra propia singularidad que no se deja coartar, ningunear o anular por otras voces propias, con las que nos hemos identificado, o con otras ajenas, que pensamos nos proporcionan seguridad. De hecho, en cuanto más nos apoyamos en los demás buscando seguridad, más alejados estamos de lo que es en realidad la confianza. Se trata, pues, de discernir, atender y confiar en nuestra propia, auténtica y profunda voz que surge de quién yo soy realmente. Atendiendo a esta concepción, la confianza es clave en la vía de llegar a nuestra plenitud como personas. Según R. W. Emerson en su libro La confianza en sí mismo:

La mayoría de las veces no nos expresamos más que a medias. Parece que nos avergonzamos de la idea divina que cada uno de nosotros representa. Y, sin embargo, debemos descansar en ella con seguridad, como en una cosa que está proporcionada a nuestras fuerzas y que nos lleva a un éxito seguro, con la sola condición de ser fielmente interpretada.

En nuestra vida cotidiana se suelen dar actitudes que van en contra de esa intuición básica que han recogido muchas de las tradiciones filosóficas y espirituales a lo largo de la historia. Es importante matizar que la desconexión de nuestra confianza en nosotros mismos, en los demás y en la realidad, se produce por la identificación con ciertos juicios y creencias limitadas. Algunas de ellas son muy poco consistentes, pero parecen estar plenamente asumidas por muchos de nosotros. Por ejemplo, creemos, en muchos casos, que la desconfianza es beneficiosa porque nos protege del peligro. Evitamos personas que creemos dañinas, nos alejamos de un mundo que interpretamos como hostil, e incluso desconfiamos de nosotros mismos, de nuestras cualidades y potenciales, cuando nos identificamos como seres malos, nocivos, inexpertos, torpes, etcétera. Pensamos que, de esta manera, entre otras consecuencias, nos ahorramos padecer un terrible sufrimiento. Pero, lo cierto es que, de este modo, estamos muy lejos de evitarlo porque es precisamente esta creencia limitada, que está operativa en nuestra vida, la que nos proporciona más sufrimiento.

En relación con lo dicho anteriormente, recurriré a otro ejemplo que señala las limitaciones y riesgos de la asunción acrítica de la idea de que la desconfianza es buena. En esta ocasión recurro al refranero popular. A todos nos han dicho alguna vez:  “Mejor malo conocido que bueno por conocer”. Bajo esta expresión descansa una creencia nefasta que no nos permite explorar en nuevos territorios, ámbitos y relaciones. En realidad, nos deja anclados en la inmovilidad de un presente –en el que paradójicamente no estamos presentes- e inmersos en un mar de resignación, que obstaculiza o frena un avance hacia otros lares. Se hace necesario, en este contexto, distinguir la desconfianza de la prudencia, siendo ésta última una buena y muy necesaria cualidad que nos protege del peligro y de vivir de forma temeraria. Ya decía Aristóteles en La moral a Nicómano que la prudencia debe “contribuir a la virtud y la felicidad humana”. En sus propias palabras:

Es necesario reconocer, que la prudencia es esta cualidad que, guiada por la verdad y por la razón, determina nuestra conducta con respecto a las cosas que pueden ser buenas para el hombre.

De lo que se trata, en este contexto, por tanto, es de reconocer como perniciosa la desconfianza cuando se trata de una reacción que va en contra de la vida. Es fácilmente reconocible esta actitud de resentimiento vital, en las actitudes de inmovilismo y de apego a ciertas cosas, personas y situaciones, que no es otra cosa que la falta de aceptación de que la vida es lo que es, ni buena ni mala, sino que simplemente es. Evidentemente, aquí no hablamos de una desconfianza o sospecha que responde a una intuición genuina de nuestra propio criterio e inteligencia, que se plasma en una vía indagación, de mayor comprensión, clarificación, y que se vincula a una actitud filosófica de amor a la verdad. Es decir, que cierta sospecha y desconfianza en lo que nos dicen, porque no acaba de encajar, cuadrar, con lo que nuestra intuición, inteligencia y experiencia, es signo de confianza en nuestro propio criterio y, es de hecho, uno de los motores de avance social, humano y cultural. La relación de la confianza -con uno mismo, los demás y la vida- está muy bien vista por Marina Garcés en Filosofía inacabada a través de esta cita:

¿Por qué nos confiamos a otros para pensar juntos lo que cada uno debe pensar por sí mismo? No hay filosofía que valga para uno solo. Pero no hay filosofía que no deba ser pensada y repensada por cada cual. Hacer filosofía es confiar en que todos podemos pensar por igual pero que nunca pensaremos todos igual. Es confiar en que las razones que sostienen una idea no son ocurrencias personales sino necesidades colectivas que pueden ser también revisadas colectivamente. Y es confiar en que sólo desde esta confianza puede librarse un verdadero combate del pensamiento contra todo lo que no nos deja pensar ni, por tanto, vivir.

¿Cómo podemos ver el grado de desconfianza con el que vivimos nuestra vida? Se muestra, de una forma muy clara, en el miedo que tenemos de vivir y de relacionarnos con lo desconocido. Si nos preguntamos en qué medida tememos lo nuevo y los cambios, podemos visualizar el grado de desconfianza que impera en nuestra vida. ¿Nos negamos a dejar nuestro trabajo cuando caemos en el abatimiento? ¿Nos resignamos a acabar una relación insatisfactoria? ¿Llevamos mal el paso del tiempo, por ejemplo, dejar atrás nuestra juventud? Si la respuesta es afirmativa, denota ese horror vacui insuflado por el miedo a caer en el abismo de la desconfianza y del sufrimiento, de que nada bueno puede pasarnos. La confianza, todo lo contrario, es aventurarse a vivir lo desconocido con la más firme convicción de que nada malo nos va a suceder porque nos mantenemos firmes y lúcidos en una vida que es siempre fluctuación, cambio e impermanencia. Esta vez, doy paso a Mónica Cavallé en La sabiduría recobrada:

El gozo de vivir radica en gran medida en el permanente asombro que acompaña a ese surgimiento, a la expresión de esa obra de arte que es nuestra vida y que no sabemos de antemano, como sucede en toda verdadera creación, cuál va a ser su forma acabada. Ser veraz supone vivir en una constante aventura. El yo superficial no se aventura; no se maravilla ni se sorprende, solo planifica; no se renueva, se repite a sí mismo ad nauseam.

Cuando uno se instala en la confianza de sí mismo, los miedos desaparecen y desvanecen los recelos, dejando paso, a una radical libertad, en la que cada uno de nosotros, se sitúa en lo que somos profunda y honestamente, que confía en nuestro propio criterio, que ya no reside en valoraciones ajenas, discursos teóricos, ni en expectativas. Es aquí donde brillamos y, por tanto, nuestra luz emerge. Nos sentimos en plenitud y amos de nuestra propia vida. Esto es clave, pues reside en no poner la confianza en otro sitio que no sea el de uno mismo. Si nuestra luz proviene de los demás no seremos más que un reflejo vano y dependiente de ellos. Solo la confianza nacida de una comprensión de nuestra propia naturaleza como seres con cualidades esenciales, nos permitirá asentir, que somos luz propia. Para acabar, dejo, de nuevo, a W. R. Emerson, que expresa esta idea:

En un principio compartimos nosotros la vida por lo que las cosas existen; luego vemos esas cosas en medio de la naturaleza como apariencias, y nos olvidamos de que hemos compartido su causa. He aquí la fuente y el origen de la acción y el pensamiento: los pulmones, cuya aspiración da salud al hombre; el manantial, que no podemos negar sin impiedad y ateísmo. Reposamos en el regazo de una vasta existencia, que nos hace receptores de su actividad y órganos de su verdad. Cuando discernimos la verdad y la justicia, no hacemos nada por nosotros mismos; nos limitamos a dar salida al resplandor de esta inteligencia. Si buscamos el origen de esto, si pretendemos espiar el alma-causa, todas nuestras filosofías son inútiles; lo único que podemos afirmar, es la presencia o la ausencia de esa luz.

Sobre la escucha a los demás

Recién salido del horno mi nuevo artículo en la revista Homonosapiens

Sobre la escucha a los demás

Resulta bastante evidente en nuestros tiempos el déficit de escucha que predomina en nuestras vidas. Oímos pero no escuchamos con atención, detenimiento, pausa y sosiego a los demás. Frecuentemente hablamos sin tener en cuenta lo que nos dicen. De este modo, los diálogos se convierten en monólogos, que chocan unos con otros, sin llegar a despegar juntos, en el anhelo de encontrarnos en un espacio en el que juntos busquemos una verdad compartida. Estamos, frente a frente, separados por un muro de incomprensión e inmersos en un desierto, en el que el desamor nos envuelve, bajo la influencia de nuestras creencias limitadas, que alimentan la desconfianza en la realidad, en las personas, en definitiva, en nosotros mismos, alejándonos de la auténtica escucha, desde la que podemos atender y acoger a los que hablan, con sus dudas, inquietudes, cuestionamientos y sus diversas comprensiones del mundo. Ante este hecho pernicioso, creo necesario reivindicar y poner énfasis en la escucha atenta más que en el decir, abrirse a una escucha que desea apertura, acogimiento y comprensión del otro, más allá de sus palabras y, atendiendo también sus silencios, gestos y afectividad. El filósofo Zenón de Elea reflejaba ya en el siglo V a.C la importancia de esta facultad hoy tan visiblemente poco valorada:

Nos han sido dadas dos orejas, pero únicamente una boca, a fin de que podamos escuchar más y hablar menos.

Sólo hay que fijarse en nosotros mismos para detectar las interferencias más habituales en la falta de escucha, que nos abocan a navegar solos y convertirnos en náufragos solitarios en un mundo en el que, paradójicamente, las redes sociales deberían permitir una mejor comunicación. Las interferencias más habituales son la falta de atención por falta de interés, que es cuando deambulamos en nuestros propios pensamientos, mientras las palabras de los demás pasan a convertirse en un mero ruido de fondo. También, es bastante común, la interferencia de nuestras expectativas –lo que esperamos oír– , desde las que reaccionamos con la interrupción o con la indiferencia por lo que nos dicen. Otro caso es el de la desconfianza, que nos conduce a mantener una distancia con el que habla, a quien tememos creer y, por tanto, no escuchamos. En otras ocasiones, tomamos como real lo que hemos interpretado, y señalamos de forma compulsiva aquella frase que creemos que nos han dicho pero que no han hecho, a pesar de que nos repitan que lo hemos oído o entendido mal. Es también visible, en muchas ocasiones, la instrumentalización de los demás para entendernos a nosotros mismos –cuando así nunca lo conseguimos– o cuando nos comparamos a otros para poder salir airosos o derrotados en una ficticia batalla en la que el ego es el principal protagonista. En todos estos casos, no salimos del caparazón egótico y no alcanzamos a comprender que la escucha es relación con el otro, es decir, el ser otros en nosotros mismos.

Podemos remontarnos, buscando la causa de esa carencia de escucha en nuestra vida, a la misma tradición filosófica occidental en la que se prioriza el decir sobre el oír, que se traduce, en muchos casos, en la imposición a los demás de un cierto pensamiento y en pronunciaciones verbales totalmente irrelevantes. No hay más que mirar las consecuencias de ello en el ámbito educativo, que es el que más conozco, para validar esta teoría. Pero, en general, podemos aplicarlo a todos los ámbitos de la vida pública y privada, véase el mundo de la política y los efectos nocivos de esta falta de escucha en nuestra sociedad. Por todo lo dicho, reivindicar la escucha en el mundo de hoy, se convierte en una necesidad prioritaria. ¿Cómo podemos desarrollar una escucha más atenta? En la misma pregunta ya viene implícita la idea de que la escucha se ejercita, que es un arte, lo que implica una ascética para “afinar” la capacidad de atender y acoger a los demás. Una de las prácticas necesarias para ello es la del autoconocimiento, de modo que no interfieran prejuicios y creencias limitadas que mitiguen, e incluso anulen la escucha. Es, por tanto, un “entrenamiento” para llegar a un silencio interior o quietud capaz de desatender los pensamientos que ocupan la mente, lo que no es más que la desidentificación de nuestras emociones y creencias. En palabras de Chuang Tzu:

Si el agua deriva lucidez de la quietud, ¡cuánto más las facultades mentales! La mente del sabio, al estar en reposo, se convierte en el espejo del universo, el speculum de toda creación.

Si no lo hacemos, interpretamos lo que nos dicen en base a estas interferencias, que no son más que los límites de nuestra comprensión. Nuestros temores y expectativas “moldean” a los demás, en el sentido de que, a través de ellas, construimos una interpretación alejada de lo que las cosas son. Por ejemplo, si creemos que los demás saben más que nosotros, reaccionaremos ante ellos a la defensiva o nos esconderemos para que no vean que no sabemos o, por el contrario, si pensamos que nosotros sabemos mucho, no les escucharemos porque creeremos que los demás no nos van a aportar nada que no conozcamos de antemano. Cabe decir que la humildad es un elemento clave para la auténtica escucha: suspendemos lo que sabemos –no lo conocemos todo– para dejar espacio a lo que saben los demás.

En la ejercitación de una escucha más profunda es esencial también tener en cuenta que ésta sea una escucha contemplativa, en la que se pretende llegar a la “visión” de la verdad experienciada por todos, más que una escucha indagativa, conceptual o argumentativa. El concepto de la visión está muy enraizado en la filosofía y se vincula a la transformación de la mirada, de una mirada más lúcida y penetrante del mundo. Vemos no solo con nuestros ojos, sino también con los ojos de los demás y, juntos, no sumamos perspectivas, sino que habitamos juntos una visión, que se hace más profunda, con más presencia y realidad. Con esta práctica, nos entrenamos para construir un espacio común en el que los demás son acogidos con todo nuestro ser. Se trata, pues, de la presencia de los demás en nosotros mismos.

Por otra parte, también resulta clave la apertura de nuestra afectividad, dejarnos afectar por lo que nos dicen. Abarca, por tanto, todos los sentidos, que se abren a sentir y, por tanto, a escuchar, a atender el deseo de buscar la verdad, lo auténtico y honesto que expresamos en nuestros gestos, palabras o silencios. Resulta proporcional el deseo de escucha con la calidad de ésta. Con ello, nuestra escucha deviene más atenta y selectiva a la hora de acoger, entender y comprender a los demás, mientras que oír implica un acto pasivo en el que nos llegan sonidos externos porque tenemos la capacidad de sentirlos. Escuchamos porque queremos. En esta práctica, aprendemos a desatender el “ruido” que no dice nada, producido por monólogos dogmáticos, algunos disfrazados de pasión o, incluso, de falsas cualidades, que se alimentan de una vanidad ególatra. También nos hacemos indiferentes a los que hablan utilizando palabras de terceros, que remiten la voz de otros y no la propia. La mayoría de la gente no sabe escuchar porque casi toda su atención está ocupada por su pensamiento y no por lo verdaderamente importante: el Ser de la otra persona debajo de las palabras y de la mente. Como dice Pierre Hadot:

En el diálogo “socrático” la verdadera cuestión que se trata no es “de qué se habla, sino aquel que habla”.

Para acabar, quiero recalcar que escuchar es un arte en el que acogemos a otros en nuestro interior y, por lo tanto, es una expresión sublime de amor. Es un modo de expresar al otro que lo que dice tiene valor, que lo que comunica no cae en el vacío, que tiene interés. Al reconocer esto, el otro se siente aceptado y valorado como persona. Amar es permitir que el otro se manifieste, el deseo de comprender el otro, de acogerlo en su propio sentir, una práctica del respeto, cediéndole el espacio y el tiempo para que se muestre. Y, a medida que nos damos cuenta de que lo que escuchamos no es únicamente la historia de una persona individual, sino la historia de todos nosotros, de la humanidad, se expande una onda expansiva amorosa y una toma de conciencia muy reveladora: el reconocimiento de que la historia de cualquier otra persona también es nuestra historia, aunque nos resulte dura, contraria a nuestros principios e incluso abominable o inaceptable. Esta acción de compartir nuestra verdad implica valentía, por una parte, porque plantea no sólo un cuestionamiento de nuestra propia verdad, sino también que estemos libres de prejuicios en la escucha, para poder interpretar juntos la misma sinfonía que penetra profundamente en la vida, al son de un mismo latido que proviene simultáneamente de todos nosotros. Dejo, estas palabras de Krishnamurti extraídas de su libro Sobre el amor y la soledad, que ilustran a la perfección la relación entre escucha y amor:

Usted ve la belleza de un crepúsculo, los hermosos cerros, las sombras a la luz de la luna. ¿Cómo comparte eso con un amigo? ¿Diciéndole: «mira ese cerro maravilloso»? Puedo decirlo, pero ¿es eso compartir? Cuando de veras comparte algo con otro, significa que ambos deben tener la misma intensidad, al mismo tiempo y en el mismo nivel. De lo contrario no pueden compartir, ¿verdad? Ambos deben tener un interés común, deben encontrarse en el mismo nivel, sentir la misma pasión; si no es así, ¿cómo pueden compartir algo? Pueden compartir un pedazo de pan, pero no es de eso de lo que estamos hablando. Para ver algo juntos, lo cual implica compartir, ambos deben verlo, no concordar o disentir al respecto, sino ver juntos lo que realmente es; no interpretarlo conforme a mi condicionamiento o a su condicionamiento, sino ver ambos, simultáneamente, lo que eso es. Y para ver algo juntos, debemos estar libres para observar, para escuchar. Esto significa no tener prejuicios. Sólo entonces, con esa cualidad del amor, existe el compartir.

Leer más en HomoNoSapiens| Sobre la confusión y la claridad Sobre el pensar y el sentir

Sobre el pensar y el sentir

Sobre el pensar y el sentir

Mi nuevo artículo: Sobre el pensar y el sentir en la revista Homonosapiens.

Es bien sabido que a lo largo de la historia de la filosofía occidental se ha proporcionado una relevancia desproporcionada al pensamiento respecto a las emociones. Un planteamiento que supone, en la mayoría de ocasiones, un predominio del uso de la razón para la toma de decisiones en el ámbito del obrar, y en nuestra vida, desligado de nuestras emociones. Se ha presupuesto que nuestras emociones nos molestan, nos confunden e interfieren en nuestro propio discernimiento. Sin embargo, y éste es el tema a tratar, existe más que una íntima y necesaria relación entre pensar y sentir, que nos permite vislumbrar que forman parte de una unidad indisoluble a la hora de hablar de la vida buena, en términos de autenticidad, plenitud y de acuerdo con la verdad. El conocimiento no puede surgir de otra fuente que la de nuestro sentir más profundo. Y más bien, me atrevería a decir, que el verdadero conocimiento surge de sentir la vida.

Empecemos, lo primero de todo, matizando qué es “pensar” y “sentir”, para ir desgranando y clarificando después la cuestión de base. Pensar deriva del latín pendeo (“pesar”, “calcular”, “colgar”). Se hace referencia con ello a una báscula mental para “pesar” nuestros argumentos y escoger el que tiene más peso. En consecuencia, pensar es una actividad racional y discursiva. En una acepción más general es cualquier actividad mental incluyendo desear, dudar, querer imaginar, que es la designada por Descartes con el término cogito. Por otra parte, sentir proviene del verbo sentire que se traduce como “percibir”, “discernir por los sentidos”, “escuchar”, que implica tanto la percepción sensible como el pensar. Desde la biología y la psicología se habla de emociones instintivas, naturales y físicas, necesarias para la supervivencia y, además, también de las emociones que son conformadas por nuestra mente y que operan en un ámbito físico y conductual. Sin embargo, estos términos necesitan ser completados, si queremos hablar de la relación existente entre el sentir y el pensar. La filosofía sapiencial señala un sentir vinculado al sentir profundo, que es un sentir que afecta completamente todo nuestro ser, frente a un sentir mediado por el pensamiento. Es decir, sentimos profundamente cuando nos abrimos a la vida tal como se nos presenta y, con ello, nos sumergimos en la totalidad del mundo. Esta idea está en consonancia con una concepción del hombre en la que se subraya la dimensión ontológica de la identidad última del ser humano. Los filósofos antiguos llamaban a esta dimensión nous (“espíritu”, “intelecto” o “conciencia pura”), que se caracterizaba por permitir al ser humano transcender su individualidad y ser Uno con el Todo. Me remito a una cita, que puede ser clarificadora, de Pierre Hadot en La filosofía como forma de vida:

“En términos generales, personalmente tendería a representarme la elección filosófica fundamental, es decir, el esfuerzo a la sabiduría, como una superación del yo parcial y personal, egocéntrico, egoísta, para alcanzar el nivel de un yo superior que ve todas las cosas desde la perspectiva de la universalidad y la totalidad, que toma conciencia de sí mismo como parte del cosmos, que abraza entonces la totalidad de las cosas”.

Los estoicos, desde esta concepción, establecieron una relación entre pensar y sentir, proponiendo una vía de discernimiento para reconocer nuestro auténtico sentir. Éste se constituye por sensaciones naturales como son por ejemplo el hambre y la sed y los sentimientos puros como son, entre muchos otros, la rabia y el dolor. Son reconocibles como tales porque expresan lo que sentimos de forma natural en una situación real y nos permiten alcanzar la serenidad (apatheia) y ser más lúcidos en situaciones adversas. Mientras que las pasionesdefinidas como las perturbaciones del alma– son identificables porque generan un sufrimiento evitable. Son el producto de nuestra mente en la medida que creemos que nuestros juicios acerca de las cosas son reales. Epicteto dice:

Los seres humanos se ven perturbados, no por las cosas, sino por sus opiniones, es decir, por las falsas representaciones que se hacen de las cosas”.

Por ejemplo, es una muestra de sentimiento puro el dolor natural inevitable que siento como ser humano ante el final de una relación sentimental, mientras que una pasión conlleva sufrimiento, esta vez evitable, en tanto que es generado por nosotros mismos cuando pensamos que no somos dignos de ser amados. En este segundo caso, el sufrimiento se basa en un juicio subjetivo erróneo –no en la realidad– que no me deja estar con claridad en el presente y, en consecuencia, me desconecta del dolor natural de pérdida, que es en realidad, lo que me permitiría atravesarlo.

Es importante, por tanto, para poder relacionar íntimamente el pensar con el sentir, que sintamos la conexión con nuestro sentir profundo, porque si no, nuestro pensar adoptará un papel obstaculizador para alcanzar una vida buena. Ahora bien, ¿de qué forma nos desconectamos de nuestro sentir más profundo? Citaré algunos casos. Uno de ellos, es el miedo a sentir, el miedo a mostrarnos, basado en la desconfianza de nuestras propias capacidades. El miedo genera bloqueo, falta de avance de nuestro desarrollo como persona y nos habitúa a actuar desde ese miedo. No somos nosotros los que hablamos, sino nuestro miedo a ser juzgados, valorados o, bien, pasamos a ser la voz que se siente incapaz de gestionar otra vida. Otro caso es el de las personas que sustituyen su sentir por discursos ajenos a su propia vida extraídos de libros, documentos, conferencias, en suma, de lo que dicen otros. Resulta imposible que un discurso de este tipo pueda calar en nosotros cuando no sale de una experiencia que nos haya resonado muy profundamente. La sabiduría no puede concebirse desde otro punto de salida que nuestro sentir vital auténtico, que impregna todo nuestro ser. Un tercer caso es el de la racionalización, cuando pensamos para negar nuestro sentir. Muchas veces, nos damos cuenta de que estamos pensando demasiado, que estamos en un bucle infinito de pensamientos repetitivos. En lugar de entregarnos a la experiencia presente, nos sorprendemos con ese ruido mental, que nos impide disfrutar del paisaje por donde paseamos, de la conversación que mantenemos…, cuando examinamos los pros y contras, buscamos explicaciones, intentamos justificarlo o analizarlo todo. Se trata, en definitiva, de pensar para evitar sentir, sufrir, cuando es realmente no sentir lo que produce sufrimiento. Por último –aunque hay más estrategias para evitar el sentir profundo–, trataré del sentimentalismo, que identifica el sentir intenso como el auténtico sentir. Se buscan emociones intensas que tienden al desbordamiento emocional, y se perciben como inauténticas las que carecen de intensidad. Al contrario de lo que muchos piensan, no es que esa persona “sienta mucho” sino que piensa de forma inadecuada porque cree que sufrir le hace sentirse más potente y vivo. Se aleja de sentir de forma lúcida, responsable y autónoma, y se convierte en un sujeto pasivo a la búsqueda de elementos externos que den sentido a su existencia.

Ahora, llegados a este punto, podemos dilucidar mejor la relación entre el pensar y el sentir. Pensar es sentir profundamente en conexión con lo que soy realmente, en oposición a un discurso aislado de lo que sentimos. Se produce cuando me des-identifico de mis creencias limitadas y estoy realmente presente. Es decir, que para alcanzar una vida plena es inevitable cultivar la atención de nuestro sentir. Sentir por todos nuestros poros de la piel, el mundo, las personas, la vida misma, sin juzgar, analizar, proyectar, ni tampoco estar pendientes de las expectativas, y mucho menos, instalarnos en la búsqueda de resultados. Es dejar que las cosas se me presenten tal como son, es decir sin resistirnos a sentir la vida tal como es. No concibo el pensamiento filosófico –ni cualquier otro– si no surge de lo que sentimos honestamente en el presente. Cuando no caemos en la añoranza de las imágenes del pasado, cuando no generamos constantes proyecciones del futuro; en definitiva, cuando nos empeñamos en mantener vivas películas que solo alimentan la identificación con nuestras ideas y emociones, y refuerzan un ego que reprime mi sentir más auténtico. Por el contrario, así pues, si no partimos de ese sentir, deambulamos sin rumbo, sin sentido, por el mundo. De hecho, perdemos realidad como seres, dado que, cuanto menos sentimos auténticamente, menos reales somos.

Pensar, en definitiva, es un eco, es una prolongación de nuestro sentir más profundo. En palabras de Josep Mª Esquirol en La penúltima bondad, que define a lo seres humanos como seres sintientes que razonamos:

“El sentir es la base de la racionalidad y, por eso, quien no siente será “insensato,” es decir, no razonable”.

Es obvio que podemos pensar sobre la vida, pero no será más que un parloteo vacío y hueco, si no ha emergido desde un diálogo sentido en primera persona, en el que todo mi ser se haya puesto en juego. Y es desde aquí, cuando alcanzamos las cuotas más altas de lucidez, profundidad y objetividad en nuestro pensamiento. ¿Qué aspiración de verdad puede poseer mi pensamiento sobre el sentido de la vida, si no parto de cuál es el sentido que tiene la vida para mí, qué creencias, prejuicios, contradicciones son las que generan resistencia a vivir mi vida estando yo presente? Vivir es sentir que vivimos y no pensar que vivimos. Y este sentir no lo explicamos, sino que lo acogemos, cuidamos, le prestamos atención, y nos lleva a estar más despiertos, a emerger de las sombras de la caverna platónica y a transformar nuestra mirada. Una mirada que se amplía, se torna más honda, intuitiva y lúcida. Recojo, para acabar, esta misma idea a través de las palabras de Mónica Cavallé en El arte de ser:

“Pero el conocimiento al que nos invita la filosofía sapiencial es más amplio y profundo que el conocimiento que nos proporcionan nuestros juicios y argumentos, que las conclusiones que el pensamiento discursivo nos permite alcanzar. Hay un conocimiento que no equivale a poseer ideas y argumentos adecuados, sino al despertar de nuestra sensibilidad profunda: una sensibilidad que a su vez equivale a ser, un ser que es también un mirar”.

Leer más en HomoNoSapiens| Sobre la confusión y la claridad ¿Qué soy yo?

 

Sobre la confusión y la claridad

Sobre la confusión y la claridadSe trata de mi primer artículo en la revista Homonosapiens. Me hace una ilusión enorme compartirla. El enlace original está aquí.
La filosofía ha otorgado, desde el inicio de su andadura, un papel clave y constitutivo a la duda, a la que considera imprescindible en la búsqueda de la verdad y de la claridad. Sócrates proclama cuál es la actitud filosófica a través de sus célebres palabras: “Sólo sé que no sé nada“. La filosofía, desde entonces, ha insistido siempre, hasta la saciedad, en que el verdadero conocimiento no puede darse sin el cuestionamiento, la duda, la sospecha de que lo que sabemos, posiblemente, no es tan cierto como creemos.
Sin embargo, en el ámbito de la vida cotidiana, se tiende a creer que la situación ideal en nuestras vidas es la posesión de la certeza. Consideramos que lo más conveniente es ir por la vida con “las cosas bien claras“. Es lo que podemos llamar el mito de la falsa claridad, que sintoniza con una melodía bastante común: el desprestigio de la duda y el apego a la posesión de una “verdad”, que se manifiesta en respuestas reduccionistas, tipo “sí” o “no”, sin muchos más matices. En este caso, creemos que permanecer confusos, dubitativos ante una situación, por ejemplo, cuando nos decimos a nosotros mismos “no sé qué hacer”, “no sé qué siento realmente”…, esto se relaciona de forma inmediata con algo que debemos evitar y solucionar rápidamente, ya que sería la causa principal de nuestro más profundo malestar existencial. Lo sentimos como esa piedra que se introduce en nuestro zapato, cuando caminamos y nos incomoda, porque creemos que, al detenernos para quitarla, estamos perdiendo el tiempo. Nos molestan las piedras en el camino, cuando las vemos como obstáculos para nuestros objetivos. En cambio, cuando las percibimos como parte de nuestro proceso para ser más reales, comprendemos que resulta necesario a menudo detenernos, pararnos a meditar, en definitiva, cuidar del estado de nuestros zapatos, prestar más atención a nuestros pasos, pues son los que van forjando el mismo camino que transito.
No obstante, tendemos a detenernos más bien poco, a prestar poca atención a nuestra confusión. Surge en nosotros, en muchas ocasiones, esa “prisa” por solucionar o disipar tal estado de duda, que consideramos nefasto y generador de malestar, cuando es precisamente la prisa, y no la confusión, la que nos sumerge en ese estado. Otra respuesta común a esta creencia limitada, considerando a la duda como algo que no es bueno, que es fuente de nuestros pesares, es la de creer que no disponemos de los recursos ni del potencial necesario para superar un determinado estado de confusión, porque no somos lo suficientemente capaces o inteligentes para escoger la alternativa más adecuada, en esa encrucijada de caminos en que nos encontramos. Otras veces podemos pensar que la duda no puede clarificarse en este preciso momento. Entendemos, entonces, que es mejor esperar a que se resuelva sola, porque no depende de mí su resolución. Así ocurre cuando esperamos que el mundo sea mejor, que lleguen las circunstancias idóneas, las personas ideales… Nuestra responsabilidad se diluye en una actitud pasiva y reactiva. Por lo tanto, mi acción y mi potencia se esconden tras una máscara de víctima de las circunstancias, y se convierten en objeto, en marioneta bajo unos designios que no dependen de mí, sino de la suerte, el destino, el azar…
Pararnos a pensar sobre lo que es mejor para nosotros mismos es una actitud sana que defiende la filosofía. Los estoicos establecieron que la virtud es actuar de acuerdo con la naturaleza que, en el caso del ser humano, consiste en actuar de acuerdo a la razón (logos), entendiéndola como el orden universal, del cual nosotros formamos parte. Este desarrollo se realiza sin prisas, sin esforzarnos en ser algo, sino simplemente siendo. Surge de forma espontánea y natural cuando nos exponemos “desnudos” ante el mundo. Sin embargo, ¿qué sucede cuando no tenemos ninguna prisa, pero el no actuar se convierte en un hábito que sea un modo de evasión de nuestro verdadero sentir? Veamos dos ejemplos de este tipo de reacción, que esconde en la mayoría de los casos un miedo a equivocarse. El primero, aquel que relacionamos con una actitud instalada en la duda constante, una actitud que no constituye, por lo tanto, un avance hacia la clarificación, sino más bien, una actitud ante la vida que procede de una desconexión con nuestro ser. Frecuentemente, viene acompañada de un bloqueo en el ámbito de la acción. Si la duda, nuestra actitud escéptica ante la vida, es radical, fruto de creencias o juicios limitados, nos vemos bloqueados en el ámbito de las acciones. Si el ser no se aúna en un mismo movimiento con el hacer, no podemos avanzar ni crecer. En cuanto al segundo ejemplo, también hemos de sospechar de la duda entendida como un método para llegar a la certeza, al modo cartesiano. Dentro de esta postura, adoptamos una actitud de desconfianza ante todo lo que nos envuelve. Todo lo que no se presente clara y distintamente ha de ser eliminado, para quedarnos solamente con lo que es indudablemente cierto. Este apego por la certeza, desde un sujeto que se piensa a sí mismo como objeto, no permite, según la filosofía sapiencial, conectar con nuestra propia realidad, a la que se accede justamente prestando más atención a la duda y a la confusión, como clave de nuestro propio discernimiento. Mis dudas me enfrentan a mis propios límites, y mis límites constituyen mi propia luz. Consiste, pues, en una penetración hacia nuestro interior que no se basa en pensar en el Ser, sino que se trata de “experienciar” el Ser.
Sin embargo, ¿por qué nos incomoda tanto la confusión y la duda? Tenemos, como he dicho anteriormente, una concepción limitada de este estado cuando pensamos que nos genera sufrimiento. Nos aferramos a la claridad, queremos tener las cosas claras y nos incomoda terriblemente no tenerlas. No reflexionamos que, a veces, ese apego a la claridad, es más bien una muestra de estancamiento, de falta de avance. ¿Cuántas veces hemos esquivado el escuchar la confusión, y fijamos nuestra mirada en un lugar “seguro” para evitar la sensación de miedo, angustia, incertidumbre, inseguridad, incapacidad…? Ocurre cuando continuamos con un trabajo o con una relación insatisfactoria, nos instalamos en la resignación, o en la evitación de la escucha, y dejamos de prestar atención a nuestras mismas dudas. Nos volvemos pasivos y, por tanto, débiles. En este caso, ese resignado “sí ”, o ese “ahora no quiero sentir”, es una muestra de “falsa claridad”. Parece que está claro aquello que en cierta medida no es cuestionado, cuando más bien se trata de una señal inequívoca de algo que no queremos ver con claridad, porque esa indagación nos mostraría los temores más profundos, a los que no nos queremos enfrentar. La confusión quiere decirte: “Préstame atención y escúchame, porque hay algo que necesitas cambiar en tu vida”.
Así pues, la confusión y la duda no representan ningún retroceso, un proceso que hemos de evitar o que hemos de solucionar lo más rápidamente posible. La confusión surge cuando algo se remueve en nuestro interior y pide espacio en nuestra vida. Muestra un hábito, una creencia, una situación que está disminuyendo mi alegría, pero que está siendo una ventana abierta a la posibilidad de ser más reales. La duda y la confusión nos piden exploración e indagación de nuevas posibilidades, nos invitan a abandonar un estado o situación insatisfactoria, que va en contra –haciendo referencia a Spinoza– del impulso actualizador que constituye la esencia de cada uno, del “conatus”, del “esfuerzo por perseverar en nuestro ser”, por aumentar la fuerza de vivir o experimentar pasiones alegres. La claridad, como afirma Nietzsche –siguiendo a Spinoza– no se corresponde, pues, con un concepto ni con una idea, sino con una “intensidad” que se expresa en la voluntad de poder, no en la “voluntad de verdad”. La duda es una posibilidad de cuestionar nuestras creencias limitadas y de indagar en el conocimiento de uno mismo. Nos hace más libres, pues nos permite indagar, cuestionar, comprender y transformar nuestros juicios limitados. ¿Cómo podemos ser más reales sin una mirada más nítida a quiénes somos? Es, por tanto, un camino hacia la verdad, entendida como aletheia, desocultamiento o desvelamiento de quiénes somos realmente. La duda representa el camino más claro. No aceptar un estado de duda o confusión como un estado en el que estamos situados en un momento concreto, es negar la claridad misma del instante en el que vivimos, y disminuir nuestro grado de presencia en el mundo. La aceptación de nuestra confusión significa avanzar hacia la claridad, puesto que en nuestra propia confusión reside nuestra claridad.