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Sobre la confusión y la claridad

Sobre la confusión y la claridadSe trata de mi primer artículo en la revista Homonosapiens. Me hace una ilusión enorme compartirla. El enlace original está aquí.
La filosofía ha otorgado, desde el inicio de su andadura, un papel clave y constitutivo a la duda, a la que considera imprescindible en la búsqueda de la verdad y de la claridad. Sócrates proclama cuál es la actitud filosófica a través de sus célebres palabras: “Sólo sé que no sé nada“. La filosofía, desde entonces, ha insistido siempre, hasta la saciedad, en que el verdadero conocimiento no puede darse sin el cuestionamiento, la duda, la sospecha de que lo que sabemos, posiblemente, no es tan cierto como creemos.
Sin embargo, en el ámbito de la vida cotidiana, se tiende a creer que la situación ideal en nuestras vidas es la posesión de la certeza. Consideramos que lo más conveniente es ir por la vida con “las cosas bien claras“. Es lo que podemos llamar el mito de la falsa claridad, que sintoniza con una melodía bastante común: el desprestigio de la duda y el apego a la posesión de una “verdad”, que se manifiesta en respuestas reduccionistas, tipo “sí” o “no”, sin muchos más matices. En este caso, creemos que permanecer confusos, dubitativos ante una situación, por ejemplo, cuando nos decimos a nosotros mismos “no sé qué hacer”, “no sé qué siento realmente”…, esto se relaciona de forma inmediata con algo que debemos evitar y solucionar rápidamente, ya que sería la causa principal de nuestro más profundo malestar existencial. Lo sentimos como esa piedra que se introduce en nuestro zapato, cuando caminamos y nos incomoda, porque creemos que, al detenernos para quitarla, estamos perdiendo el tiempo. Nos molestan las piedras en el camino, cuando las vemos como obstáculos para nuestros objetivos. En cambio, cuando las percibimos como parte de nuestro proceso para ser más reales, comprendemos que resulta necesario a menudo detenernos, pararnos a meditar, en definitiva, cuidar del estado de nuestros zapatos, prestar más atención a nuestros pasos, pues son los que van forjando el mismo camino que transito.
No obstante, tendemos a detenernos más bien poco, a prestar poca atención a nuestra confusión. Surge en nosotros, en muchas ocasiones, esa “prisa” por solucionar o disipar tal estado de duda, que consideramos nefasto y generador de malestar, cuando es precisamente la prisa, y no la confusión, la que nos sumerge en ese estado. Otra respuesta común a esta creencia limitada, considerando a la duda como algo que no es bueno, que es fuente de nuestros pesares, es la de creer que no disponemos de los recursos ni del potencial necesario para superar un determinado estado de confusión, porque no somos lo suficientemente capaces o inteligentes para escoger la alternativa más adecuada, en esa encrucijada de caminos en que nos encontramos. Otras veces podemos pensar que la duda no puede clarificarse en este preciso momento. Entendemos, entonces, que es mejor esperar a que se resuelva sola, porque no depende de mí su resolución. Así ocurre cuando esperamos que el mundo sea mejor, que lleguen las circunstancias idóneas, las personas ideales… Nuestra responsabilidad se diluye en una actitud pasiva y reactiva. Por lo tanto, mi acción y mi potencia se esconden tras una máscara de víctima de las circunstancias, y se convierten en objeto, en marioneta bajo unos designios que no dependen de mí, sino de la suerte, el destino, el azar…
Pararnos a pensar sobre lo que es mejor para nosotros mismos es una actitud sana que defiende la filosofía. Los estoicos establecieron que la virtud es actuar de acuerdo con la naturaleza que, en el caso del ser humano, consiste en actuar de acuerdo a la razón (logos), entendiéndola como el orden universal, del cual nosotros formamos parte. Este desarrollo se realiza sin prisas, sin esforzarnos en ser algo, sino simplemente siendo. Surge de forma espontánea y natural cuando nos exponemos “desnudos” ante el mundo. Sin embargo, ¿qué sucede cuando no tenemos ninguna prisa, pero el no actuar se convierte en un hábito que sea un modo de evasión de nuestro verdadero sentir? Veamos dos ejemplos de este tipo de reacción, que esconde en la mayoría de los casos un miedo a equivocarse. El primero, aquel que relacionamos con una actitud instalada en la duda constante, una actitud que no constituye, por lo tanto, un avance hacia la clarificación, sino más bien, una actitud ante la vida que procede de una desconexión con nuestro ser. Frecuentemente, viene acompañada de un bloqueo en el ámbito de la acción. Si la duda, nuestra actitud escéptica ante la vida, es radical, fruto de creencias o juicios limitados, nos vemos bloqueados en el ámbito de las acciones. Si el ser no se aúna en un mismo movimiento con el hacer, no podemos avanzar ni crecer. En cuanto al segundo ejemplo, también hemos de sospechar de la duda entendida como un método para llegar a la certeza, al modo cartesiano. Dentro de esta postura, adoptamos una actitud de desconfianza ante todo lo que nos envuelve. Todo lo que no se presente clara y distintamente ha de ser eliminado, para quedarnos solamente con lo que es indudablemente cierto. Este apego por la certeza, desde un sujeto que se piensa a sí mismo como objeto, no permite, según la filosofía sapiencial, conectar con nuestra propia realidad, a la que se accede justamente prestando más atención a la duda y a la confusión, como clave de nuestro propio discernimiento. Mis dudas me enfrentan a mis propios límites, y mis límites constituyen mi propia luz. Consiste, pues, en una penetración hacia nuestro interior que no se basa en pensar en el Ser, sino que se trata de “experienciar” el Ser.
Sin embargo, ¿por qué nos incomoda tanto la confusión y la duda? Tenemos, como he dicho anteriormente, una concepción limitada de este estado cuando pensamos que nos genera sufrimiento. Nos aferramos a la claridad, queremos tener las cosas claras y nos incomoda terriblemente no tenerlas. No reflexionamos que, a veces, ese apego a la claridad, es más bien una muestra de estancamiento, de falta de avance. ¿Cuántas veces hemos esquivado el escuchar la confusión, y fijamos nuestra mirada en un lugar “seguro” para evitar la sensación de miedo, angustia, incertidumbre, inseguridad, incapacidad…? Ocurre cuando continuamos con un trabajo o con una relación insatisfactoria, nos instalamos en la resignación, o en la evitación de la escucha, y dejamos de prestar atención a nuestras mismas dudas. Nos volvemos pasivos y, por tanto, débiles. En este caso, ese resignado “sí ”, o ese “ahora no quiero sentir”, es una muestra de “falsa claridad”. Parece que está claro aquello que en cierta medida no es cuestionado, cuando más bien se trata de una señal inequívoca de algo que no queremos ver con claridad, porque esa indagación nos mostraría los temores más profundos, a los que no nos queremos enfrentar. La confusión quiere decirte: “Préstame atención y escúchame, porque hay algo que necesitas cambiar en tu vida”.
Así pues, la confusión y la duda no representan ningún retroceso, un proceso que hemos de evitar o que hemos de solucionar lo más rápidamente posible. La confusión surge cuando algo se remueve en nuestro interior y pide espacio en nuestra vida. Muestra un hábito, una creencia, una situación que está disminuyendo mi alegría, pero que está siendo una ventana abierta a la posibilidad de ser más reales. La duda y la confusión nos piden exploración e indagación de nuevas posibilidades, nos invitan a abandonar un estado o situación insatisfactoria, que va en contra –haciendo referencia a Spinoza– del impulso actualizador que constituye la esencia de cada uno, del “conatus”, del “esfuerzo por perseverar en nuestro ser”, por aumentar la fuerza de vivir o experimentar pasiones alegres. La claridad, como afirma Nietzsche –siguiendo a Spinoza– no se corresponde, pues, con un concepto ni con una idea, sino con una “intensidad” que se expresa en la voluntad de poder, no en la “voluntad de verdad”. La duda es una posibilidad de cuestionar nuestras creencias limitadas y de indagar en el conocimiento de uno mismo. Nos hace más libres, pues nos permite indagar, cuestionar, comprender y transformar nuestros juicios limitados. ¿Cómo podemos ser más reales sin una mirada más nítida a quiénes somos? Es, por tanto, un camino hacia la verdad, entendida como aletheia, desocultamiento o desvelamiento de quiénes somos realmente. La duda representa el camino más claro. No aceptar un estado de duda o confusión como un estado en el que estamos situados en un momento concreto, es negar la claridad misma del instante en el que vivimos, y disminuir nuestro grado de presencia en el mundo. La aceptación de nuestra confusión significa avanzar hacia la claridad, puesto que en nuestra propia confusión reside nuestra claridad.