Recursos filosofía sapiencial

La plataforma de Filósofos asesores tiene como objetivo difundir la práctica del asesoramiento filosófico en el enfoque sapiencial y facilitar recursos, que comprenden desde lecturas de libros, artículos y tesis doctorales hasta algunas prácticas que posibilitan un proceso de autoconocimiento filosófico. Podéis descargaros gratuitamente algunos de estos recursos y recibir noticias y actualizaciones cuando os registréis con vuestro correo electrónico en la Web .

Entre estos recursos hay uno que he elaborado yo misma: La importancia de hacerse buenas preguntas en el asesoramiento filosófico. Consiste en un breve texto y un ejercicio que nos permite ver la importancia y las repercusiones que se dan en relación con el tipo de preguntas que nos planteamos de forma recurrente.

Conócete a ti mismo

En el certámen filosófico, Palma Pensa, Cristina Avilés ha facilitado un taller en el Centre Flassaders titulado: Conócete a ti mismo.  Los participantes eran estudiantes de 1º de Bachillerato del IES de Son Pacs de Palma de Mallorca. 

Se trata de un taller que trata sobre autoconocimiento filosófico en el enfoque sapiencial. El objetivo es que los alumnos capten la diferencia entre el autoconocimiento psicológico y el autoconocimiento filosófico, para que puedan llegar a saborear y a vivirse desde un fondo más originario que fundamenta sus actos, pensamientos y emociones.

Nos sentamos en círculo y escriben en una hoja su nombre. Van pasando esa hoja en la que todos van escribiendo lo que cada uno ve del otro, sus características, habilidades, virtudes, defectos…lo que vaya saliendo sin marcar demasiado lo que tienen que escribir. La meta de esta primera fase, sabiendo que se conocen entre ellos,  es que cada uno tenga una docena de características que los definan. Ahora, cada uno de ellos, pule esa lista en la que tachan lo que creen no son, añaden lo que parece que falta…Revisamos entre todos ese listado y vemos que casi todo lo que se ha puesto es de índole psicológica. Salen muchos adjetivos que apuntan claramente a ello: simpático, amable, descuidado, torpe, alto, mallorquín, generoso…Nos planteamos si realmente todo ello constituye su identidad esencial. Surgen ideas nuevas y cuestiones que alimentan nuevas comprensiones y, que les llevan a pensar, más bien a sentir, que no siempre son simpáticos, descuidados, torpes…

Tampoco las características físicas parecen ser características estables que puedan dar un lugar a una identidad más profunda. Empiezan a ver que bajo esa superficie que cambia constantemente, hay algo que no cambia, que ser alto o bajo, generoso, alegre… no determina quiénes son realmente. La facilitadora les sugiere que se puede indagar mejor hacia esta dirección, si distinguimos entre quiénes somos más que en cómo somos y, que lo psicológico parece más emparentado con lo segundo. Una alumna, comenta que ella ha crecido pero no ha dejado de ser ella. Otro alumno dice que él ha cambiado mucho físicamente pero que sigue siendo él. Descansamos brevemente en esta idea que abre una puerta a la indagación introspectiva.    

La facilitadora les sugiere, en una segunda fase, que escriban ahora dos o tres cualidades que ellos crean se mantienen constantes a lo largo de su vida. Volvemos a compartir lo que ha salido. En esta ocasión, ponemos un listado en la pizarra con varias de ellas. Entre todos, vemos claramente cuáles todavía son psicológicas y cuáles apuntan a algo que es compartido entre todos los asistentes. Entre estas últimas, está la sensibilidad, todos coinciden que somos seres sensibles, que nos vemos afectados y conmovidos por lo que acontece en el mundo, por lo que nos sucede en nuestras relaciones interpersonales…Esta matización da lugar a una nueva comprensión:  la sensibilidad es una cualidad esencial de los seres humanos. Algunos apuntan que es muy diferente sentirse triste que identificarse como un ser triste…Otro dice que estar triste o contento no se corresponde con quiénes somos, parece más un estado pasajero porque no siempre estamos así. La facilitadora añade que nos podemos hacer conscientes de nuestra tristeza. Es decir, podemos atender lo que sentimos y dejar de estar sometidos e identificados con nuestras emociones. Con esta aportación se abre un breve diálogo sobre la identificación con lo que sentimos y estar atentos a lo que sentimos. Se concluye que la atención a lo que sentimos nos lleva, de nuevo, a algo más profundo de nosotros mismos.

Iniciamos una tercera fase para ahondar en el autoconocimiento de nuestra naturaleza más profundamente. Partimos, en esta ocasión, de la siguiente idea: la identidad profunda y esencial del ser humano, no se reduce, entonces a nuestros pensamientos, emociones y acciones, sino a algo más originario que fundamenta y origina estos pensamientos, emociones y acciones. En el trabajo de autoconocimiento buscamos, pues, vivirnos desde este lugar que nos trasciende y se manifiesta en nosotros. Es decir, buscamos establecernos en ese fondo lúcido más originario que nuestros estados psíquicos cambiantes. Esta vez, en una nueva hoja, después de un breve ejercicio de centramiento, escriben: YO SOY…..y, esta vez, sin pensar demasiado en ello, simplemente, se dejan llevar por lo sentido y por lo vivido en el taller, por lo que compartimos todos en esencia como seres humanos, por lo que nos une…Dibujan, colorean, ponen alguna palabra…

Hacemos un “collage” que colgamos en la sala. Lo miramos, nos miramos asombrados  delante de esa obra conjunta, tras  este  viaje de lo más superficial de nosotros que nos  ha llevado a sumergirnos un poco -que es mucho- en algo más interior, que reconocemos como más profundo, universal y transpersonal. 

Una experiencia que remite a un texto de Pierre Hadot, en una obra suya titulada La filosofía como forma de vida. Dice así: 

«En términos generales, la filosofía es el anhelo a la sabiduría y, esto tiendo a representarlo como una superación del yo parcial y personal, egocéntrico, egoísta, para alcanzar el nivel de un yo superior que ve todas las cosas desde la perspectiva de la universalidad y la totalidad que toma conciencia de sí mismo como parte del cosmos, que abarca entonces la totalidad de las cosas”.

.

SÝNESIS Asociación filósofos asesores en el enfoque sapiencial

La Asociación de Filósofos Asesores en el Enfoque Sapiencial Sýnesis tiene como objetivo ofrecer un marco regulador a la práctica del Asesoramiento Filosófico Sapiencial, así como velar por el ejercicio ético y profesional de sus miembros. 

Sýnesis regula y apoya la práctica de los filósofos asesores que han concluido la formación en la Escuela de Filosofía Sapiencial. Ofrece, además, ayuda y guía para aquellos que busquen el servicio de un filósofo asesor.

Si estáis interesados en saber qué es el asesoramiento filosófico podéis encontrar información relevante para conocer mejor en qué consiste un trabajo de autoconocimiento filosófico.

Cicle filosòfic MANACOR PENSA

Manacor Pensa, un cicle per posar la filosofia al centre de la vida i de la ciutat

Manacor Pensa és un cicle filosòfic que tendrà lloc a la Institució Pública Antoni M. Alcover del 4 a l’11 d’abril, de 18 h a 19.30 h. 

Manacor Pensa és un cicle de conferències que vol posar la Filosofia al centre amb l’objectiu de «pensar Manacor, pensar-nos i saber qui som». 

​​​​​​A part d’un seguit d’activitats dedicades als alumnes que es duran a terme al CP Es Canyar, al Conservatori de Manacor i a la Institució Pública Antoni M Alcover, la resta de conferències són obertes a tots els públics.  Podeu fer la inscripció gratuïta aquí.

Dilluns 4 d’abril – Cafè filosòfic. Modera: Carolina Salvadó, professora de Filosofia de l’IES Berenguer d’Anoia.

Un cafè filosòfic vol ser un espai de trobada, un espai de tranquil·litat i pausa on es pugui pensar, es pugui escoltar, es pugui dir…El moderador guarda els límits perquè el pensar, l’escoltar i el dir es donin de manera especialment cuidada, conscient, atenta i precisa. Per aconseguir-ho, treballarem especialment els següents aspectes:

– Regular la impulsivitat i l’ànsia, la por de xerrar.

– Permetre els silencis.

– Emparar la lentitud.

– Jugar amb les idees (no apropiar-se’n).

– Atendre, comprendre, escoltar, així com reformular el que altres han dit.

– Acomodar-se en la possibilitat de discrepar.

– No tèmer l’error.

– Fer-se conscient del propi pensament i de les actituds, disposicions i fins i tot dels sentiments que ens acompanyen.

Es recomana dur paper i bolígraf. L’organització de l’esdeveniment facilitarà cafè o te.

Dimecres 6 d’abri – L’autoconeixement filosòfic, per Cristina Avilés Marí.

Una xerrada-taller per introduir l’autoconeixement filosòfic des d’una concepció de la filosofia

com a forma de vida, que ens proposa fer una indagació instrospectiva de com i des d’on ens

relacionem amb la vida i, que per tant, esdevé una acció transformadora per a desdibuixar uns

contorns que, en gran part, ens mantenen presoners.

Dijous 7 d’abril – Quaranta cobles a la saviesa. Presentació del poemari de M. Magdalena Gelabert i Miró.

Presentació del poemari de M Magdalena Gelabert dedicat a la Filosofia i als savis i sàvies des de l’Antiguitat fins als nostres temps. Tot un camí, que des de la poesia i les il·lustracions de Magdalena Tugores, ens porta al pensament filosòfic i a les qüestions més transcendentals.

Diumenge 10 d’abril – Filosofia 3/18, a càrrec de Sacramento López Martínez, mestra, formadora i membre de l’associació de Filosofia 3/18 Mallorca.

Segons la UNESCO, “la filosofia proporciona les bases conceptuals dels principis i valors

dels quals depèn la pau mundial: la democràcia, els drets humans, la justícia i la igualtat”.

Els infants es demanen sobre tot el que els envolta i les seves inquietuds estan molt a prop de

les grans qüestions filosòfiques.

A partir d’un joc, un conte o una obra d’art iniciarem un diàleg, deixarem fluir el nostre

pensament, escoltarem respectuosament el que pensen els altres i compartirem les

preguntes, inquietuds i també algunes respostes que l’activitat ens suggereixi.

Dilluns 11 d’abril – La Filosofia té nom de dona, a càrrec de Nerea Blanco.

Una xerrada sobre les dones i la Filosofia amb l’objectiu de conscienciar de la necessitat de la filosofia en el dia a dia i mostrar referents femenins en aquest camp. És necessari visibilitzar el paper de la dona en la Història de la Filosofia Occidental, un paper que ha existit però que no s’ha mostrat en quedar oculta davall els grans nomes de filòsofs. És temps de dones, de pensament crític i de donar eines al món per fer front a l’incertesa i els problemes.

Filosofia fora de classe

A aquest article en Miquel Àngel Ballester fa una revisió de les iniciatives de divulgació filosòfica més destacades en l’àmbit dels mitjans de comunicació, ràdio, televisió, plataformes digitals i xarxes socials. Molt agraïda per fer referència al meu projecte Slow thinking, a la meva tasca com a filòsofa assessora i al meu programa radiofònic: El Jardí d’Epicur al Matinal Bon dia d’Ona Mediterrània.

Podeu trobar l’article aquí: https://parauleshabitades.files.wordpress.com/2021/12/filosofia-fora-de-classe_anuari-paper.pdf

Sobre la responsabilidad

Un nuevo artículo que trata Sobre la responsabilidad en la revista homonosapiens:

Sin responsabilidad resulta imposible tomar las riendas de nuestra vida y, de hecho, constituye la falta de ella uno de los mayores obstáculos para llegar a dueños y señores de lo que pensamos, hacemos y decimos. Obviamente, muchos de nuestros pensamientos, acciones y palabras se escapan a nuestro control porque se dan de forma mecánica e inconsciente. Pero, aunque en muchas ocasiones se nos «cuelan» algunos juicios, palabras y acciones que no hemos decidido por nosotros mismos, esto no significa que no seamos libres, ya que podemos hacernos conscientes, en mayor o menor medida, de lo que nos determina y adoptar una actitud hacia ello. Aquí es dónde radicaría nuestra identidad última, en cuanto ya no estamos en una posición de control, gestión o dominio de lo que pasa en nuestro interior y fuera de nosotros, sino en una posición de ver más claramente todo lo que sucede. 

No se trata, por tanto, de entender la responsabilidad como «un hacer lo que uno quiera» sino de «querer que pase lo que me acontece«. La libertad, desde esta concepción no contempla si lo que nos pasa está determinado, ni tampoco si tenemos más o menos libertad externa: ¿Cuántas veces nos hemos sentido prisioneros de unas circunstancias que hemos elegido «libremente»? La responsabilidad no está, pues, relacionada con mi libertad externa sino con la reconciliación con la realidad.  Spinoza en su obra Ética ilustra magistralmente esta idea: 

«No nos esforzamos por nada, no queremos ni apetecemos ni deseamos ninguna otra cosa porque la juzguemos buena, sino al contrario, juzgamos que una cosa es buena porque tendemos hacia ella, la queremos, la apetecemos y la deseamos».

A través de este texto, vemos que la libertad consiste en comprender la necesidad existente entre causas y efectos del universo, incluidas las del cuerpo y la mente humana. De esta manera está unida la libertad con la necesidad, aunque parezca contradictorio, porque la libertad es conocimiento de la necesidad y comprensión de la realidad, bajo la luz de la razón y de nuestra sensibilidad más profunda que nos permite formar una idea clara y distinta de nuestros juicios erróneos. Con ello Spinoza no niega la libertad, sino que remite la libertad al conocimiento. Éstas son sus palabras en su obra Ética:

 «Como la razón no exige nada que sea contrario a la naturaleza, exige, por consiguiente, que cada cual se ame a sí mismo, busque su utilidad propia -lo que realmente sea útil-, apetezca todo aquello que conduce realmente al hombre a una perfección mayor, y, en términos absolutos, que cada cual se esfuerce cuanto está en su mano para conservar su ser».

Es precisamente cuando el hombre comprende que no es libre cuando es libre. Así es como el conocimiento nos convierte en personas libres y por tanto responsables de nuestra vida. La virtud no es más que el esfuerzo por perseverar en el ser. ¿Qué significa perseverar en el ser? Es vivir de acuerdo con la verdad, en seguir ese anhelo interior de vivir en congruencia con la realidad y que nos lleva a vivir sin tener conflicto con ella. Sabemos que mucho de nuestro sufrimiento viene dado por no aceptar la realidad tal cómo es sino por pretender modificarla en cuanto no depende de nosotros. La responsabilidad «persevera en nuestro ser» en el momento que atendemos nuestras acciones asumiendo sus consecuencias y entendiendo en qué medida dependen de nosotros sus causas y efectos. Esto quiere decir que aceptamos nuestros errores y equivocaciones con una clara intención de aprender de éstos.  La responsabilidad, por tanto, nos acerca indudablemente a la vida buena

La responsabilidad, insisto, comporta una actitud en la que se da libertad de ser porque no me obstino en la idea de que las cosas deberían ser de una manera determinada. Aquí vale la pena rescatar a los estoicos, que al igual que Spinoza defienden que el mundo en su conjunto está sujeto a un determinismo, abren un margen a la libertad con la posibilidad de hacernos responsables en términos «de lo que depende de nosotros«. Resulta fundamental ver que esas acciones -las que dependen de mí- son asumidas por mí y no desplazo su desenvolvimiento y, por tanto, sus consecuencias a agentes externos, sean, el mundo, las circunstancias u otros. Somos los únicos seres que construyen representaciones y, por tanto, somos responsables de asumirlas como ciertas o no. Las falsas representaciones que asentimos como verdaderas son las que nos hacen esclavos y no libres. Dos son nuestras fuentes de esclavitud: los afectos (o pasiones) que inquietan sin cesar el alma, y las cosas exteriores. Epicteto dice:

«El principal quehacer en la vida es éste: distingue entre las cosas, sepáralas y dí: «Las cosas externas no dependen de mí, el albedrío depende de mí. ¿Dónde buscaré el bien y el mal? En lo interior, en lo mío”. Que en las cosas ajenas jamás hallarás ni bien ni mal, ni provecho ni daño, ni nada semejante.»

Responsabilizarse es poner claridad en lo que no confluye con nuestra libertad de ser, que es la ignorancia que obstaculiza el camino de ser. Resulta imprescindible descubrir que la libertad es una experiencia de ser, en la que vamos comprendiendo con más profundidad y radicalidad la realidad.

Otro factor imprescindible para vivir de forma responsable nuestra vida es el de distinguir entre responsabilidad y culpa. La diferencia más notoria es que en la culpa no hay aprendizaje sino una acusación o autoacusación de un suceso acontecido. Es decir, culpabilizar es señalar o señalarte como alguien que no hace las cosas bien y, de este modo, convertirse en un ser pequeño e insignificante que merece la reprobación, el castigo y la indiferencia. La culpa, por tanto, es el producto de un ego que se estanca en creencias limitadas. Por ejemplo, asumo que algo lo hice mal porque soy un desastre y nunca me doy cuenta de nada de lo que pasa alrededor. Ese relato me hunde en un estado de dolor porque me digo con reprobación que existe algo erróneo en mí que no me permite hacer las cosas bien. No me perdono ni mis equivocaciones ni mis errores por lo que la relación que tengo con lo que hago y conmigo mismo/a es conflictiva. A través de este ejemplo vemos dos elementos también imprescindibles a la hora de entender la responsabilidad que son la comprensión y el perdón. Cuando comprendo lo que ha pasado hay perdón de forma simultánea. Y la comprensión en este contexto no es un análisis mental de los efectos y las consecuencias de mis acciones erróneas, sino una visión más amplia de cómo vivo mi vida, en la que se da una reconciliación para poder ver más de lo que vemos. Asumimos la responsabilidad porque somos conscientes de nuestras equivocaciones, sin culpa y remordimiento, porque reconocemos nuestra ignorancia en nuestras decisiones y, eso nos lleva indudablemente a vivir con más verdad. 

Sentirnos responsables, por tanto, se vincula a un acompañamiento de nuestro sentir más profundo. En el ámbito existencial puedo mirar las consecuencias de una mentira a un amigo, en el que obviamente, se da cierto dolor por ello. Aquí, pensar o reflexionar sobre ello, no nos va a aportar mucha luz en la comprensión de lo sucedido. Lo que nos va a aportar una mayor lucidez es dar paso a ese sentir el dolor por el mal generado, y eso nos va a conducir a una nueva comprensión de la situación. No estoy hablando de una apología del sufrimiento, sino de dar cabida a la responsabilidad, no sólo a las razones de nuestra equivocación sino también a cierta inteligencia de un sentir que nos atraviesa como seres humanos que somos. Una inteligencia que nos informa de lo que nos afecta, de cómo nos relacionamos con el mundo y de su sentido. Responsabilizarnos bebe de la fuente del amor que surge de uno mismo que no es distinto del amor al otro y al mundo. En la culpabilidad hay resentimiento, desprecio y odio a uno mismo y a los demás. El amor, pues, se entiende como el impulso a seguir con fidelidad nuestro propio camino hacia la plenitud que anhelamos y, en el que somos responsables en la medida que nos abrimos a ver. Por eso, como decía, la responsabilidad y la libertad caminan juntas de la mano cuando buscamos más verdad en nuestra vida. Simplemente eso, ver, atender y amar danzan juntas en un baile en el que la responsabilidad ya no es buscada ni intencionada, sino que es el acompañante de ese baile en el que cada uno de nosotros hace del mundo su propio hogar. Esta idea la muestra Josep María Esquirol en su obra Humano más humano«:

«…lo humano, de raíz, está más vinculado con la responsabilidad que con el dominio; que una civilización más humana nos lleva a hacer del mundo nuestra casa más que a salir de casa para dominar el mundo; que una cultura más humana no es una cultura miedosa ni nihilista, sino la que sabe que no hay fuerza más intensa que la que se conjuga con el sentido. En la debilidad, lo humano, la vulnerabilidad …, se siente el pulso de la verdad «.

Un nuevo artículo que trata Sobre la responsabilidad, en la revista homonosapiens:

Sin responsabilidad resulta imposible tomar las riendas de nuestra vida y, de hecho, constituye la falta de ella uno de los mayores obstáculos para llegar a dueños y señores de lo que pensamos, hacemos y decimos. Obviamente, muchos de nuestros pensamientos, acciones y palabras se escapan a nuestro control porque se dan de forma mecánica e inconsciente. Pero, aunque en muchas ocasiones se nos «cuelan» algunos juicios, palabras y acciones que no hemos decidido por nosotros mismos, esto no significa que no seamos libres, ya que podemos hacernos conscientes, en mayor o menor medida, de lo que nos determina y adoptar una actitud hacia ello. Aquí es dónde radicaría nuestra identidad última, en cuanto ya no estamos en una posición de control, gestión o dominio de lo que pasa en nuestro interior y fuera de nosotros, sino en una posición de ver más claramente todo lo que sucede. 

No se trata, por tanto, de entender la responsabilidad como «un hacer lo que uno quiera» sino de «querer que pase lo que me acontece«. La libertad, desde esta concepción no contempla si lo que nos pasa está determinado, ni tampoco si tenemos más o menos libertad externa: ¿Cuántas veces nos hemos sentido prisioneros de unas circunstancias que hemos elegido «libremente»? La responsabilidad no está, pues, relacionada con mi libertad externa sino con la reconciliación con la realidad.  Spinoza en su obra Ética ilustra magistralmente esta idea: 

«No nos esforzamos por nada, no queremos ni apetecemos ni deseamos ninguna otra cosa porque la juzguemos buena, sino al contrario, juzgamos que una cosa es buena porque tendemos hacia ella, la queremos, la apetecemos y la deseamos».

A través de este texto, vemos que la libertad consiste en comprender la necesidad existente entre causas y efectos del universo, incluidas las del cuerpo y la mente humana. De esta manera está unida la libertad con la necesidad, aunque parezca contradictorio, porque la libertad es conocimiento de la necesidad y comprensión de la realidad, bajo la luz de la razón y de nuestra sensibilidad más profunda que nos permite formar una idea clara y distinta de nuestros juicios erróneos. Con ello Spinoza no niega la libertad, sino que remite la libertad al conocimiento. Éstas son sus palabras en su obra Ética:

 «Como la razón no exige nada que sea contrario a la naturaleza, exige, por consiguiente, que cada cual se ame a sí mismo, busque su utilidad propia -lo que realmente sea útil-, apetezca todo aquello que conduce realmente al hombre a una perfección mayor, y, en términos absolutos, que cada cual se esfuerce cuanto está en su mano para conservar su ser».

Es precisamente cuando el hombre comprende que no es libre cuando es libre. Así es como el conocimiento nos convierte en personas libres y por tanto responsables de nuestra vida. La virtud no es más que el esfuerzo por perseverar en el ser. ¿Qué significa perseverar en el ser? Es vivir de acuerdo con la verdad, en seguir ese anhelo interior de vivir en congruencia con la realidad y que nos lleva a vivir sin tener conflicto con ella. Sabemos que mucho de nuestro sufrimiento viene dado por no aceptar la realidad tal cómo es sino por pretender modificarla en cuanto no depende de nosotros. La responsabilidad «persevera en nuestro ser» en el momento que atendemos nuestras acciones asumiendo sus consecuencias y entendiendo en qué medida dependen de nosotros sus causas y efectos. Esto quiere decir que aceptamos nuestros errores y equivocaciones con una clara intención de aprender de éstos.  La responsabilidad, por tanto, nos acerca indudablemente a la vida buena

La responsabilidad, insisto, comporta una actitud en la que se da libertad de ser porque no me obstino en la idea de que las cosas deberían ser de una manera determinada. Aquí vale la pena rescatar a los estoicos, que al igual que Spinoza defienden que el mundo en su conjunto está sujeto a un determinismo, abren un margen a la libertad con la posibilidad de hacernos responsables en términos «de lo que depende de nosotros«. Resulta fundamental ver que esas acciones -las que dependen de mí- son asumidas por mí y no desplazo su desenvolvimiento y, por tanto, sus consecuencias a agentes externos, sean, el mundo, las circunstancias u otros. Somos los únicos seres que construyen representaciones y, por tanto, somos responsables de asumirlas como ciertas o no. Las falsas representaciones que asentimos como verdaderas son las que nos hacen esclavos y no libres. Dos son nuestras fuentes de esclavitud: los afectos (o pasiones) que inquietan sin cesar el alma, y las cosas exteriores. Epicteto dice:

«El principal quehacer en la vida es éste: distingue entre las cosas, sepáralas y dí: «Las cosas externas no dependen de mí, el albedrío depende de mí. ¿Dónde buscaré el bien y el mal? En lo interior, en lo mío”. Que en las cosas ajenas jamás hallarás ni bien ni mal, ni provecho ni daño, ni nada semejante.»

Responsabilizarse es poner claridad en lo que no confluye con nuestra libertad de ser, que es la ignorancia que obstaculiza el camino de ser. Resulta imprescindible descubrir que la libertad es una experiencia de ser, en la que vamos comprendiendo con más profundidad y radicalidad la realidad.

Otro factor imprescindible para vivir de forma responsable nuestra vida es el de distinguir entre responsabilidad y culpa. La diferencia más notoria es que en la culpa no hay aprendizaje sino una acusación o autoacusación de un suceso acontecido. Es decir, culpabilizar es señalar o señalarte como alguien que no hace las cosas bien y, de este modo, convertirse en un ser pequeño e insignificante que merece la reprobación, el castigo y la indiferencia. La culpa, por tanto, es el producto de un ego que se estanca en creencias limitadas. Por ejemplo, asumo que algo lo hice mal porque soy un desastre y nunca me doy cuenta de nada de lo que pasa alrededor. Ese relato me hunde en un estado de dolor porque me digo con reprobación que existe algo erróneo en mí que no me permite hacer las cosas bien. No me perdono ni mis equivocaciones ni mis errores por lo que la relación que tengo con lo que hago y conmigo mismo/a es conflictiva. A través de este ejemplo vemos dos elementos también imprescindibles a la hora de entender la responsabilidad que son la comprensión y el perdón. Cuando comprendo lo que ha pasado hay perdón de forma simultánea. Y la comprensión en este contexto no es un análisis mental de los efectos y las consecuencias de mis acciones erróneas, sino una visión más amplia de cómo vivo mi vida, en la que se da una reconciliación para poder ver más de lo que vemos. Asumimos la responsabilidad porque somos conscientes de nuestras equivocaciones, sin culpa y remordimiento, porque reconocemos nuestra ignorancia en nuestras decisiones y, eso nos lleva indudablemente a vivir con más verdad. 

Sentirnos responsables, por tanto, se vincula a un acompañamiento de nuestro sentir más profundo. En el ámbito existencial puedo mirar las consecuencias de una mentira a un amigo, en el que obviamente, se da cierto dolor por ello. Aquí, pensar o reflexionar sobre ello, no nos va a aportar mucha luz en la comprensión de lo sucedido. Lo que nos va a aportar una mayor lucidez es dar paso a ese sentir el dolor por el mal generado, y eso nos va a conducir a una nueva comprensión de la situación. No estoy hablando de una apología del sufrimiento, sino de dar cabida a la responsabilidad, no sólo a las razones de nuestra equivocación sino también a cierta inteligencia de un sentir que nos atraviesa como seres humanos que somos. Una inteligencia que nos informa de lo que nos afecta, de cómo nos relacionamos con el mundo y de su sentido. Responsabilizarnos bebe de la fuente del amor que surge de uno mismo que no es distinto del amor al otro y al mundo. En la culpabilidad hay resentimiento, desprecio y odio a uno mismo y a los demás. El amor, pues, se entiende como el impulso a seguir con fidelidad nuestro propio camino hacia la plenitud que anhelamos y, en el que somos responsables en la medida que nos abrimos a ver. Por eso, como decía, la responsabilidad y la libertad caminan juntas de la mano cuando buscamos más verdad en nuestra vida. Simplemente eso, ver, atender y amar danzan juntas en un baile en el que la responsabilidad ya no es buscada ni intencionada, sino que es el acompañante de ese baile en el que cada uno de nosotros hace del mundo su propio hogar. Esta idea la muestra Josep María Esquirol en su obra Humano más humano«:

«…lo humano, de raíz, está más vinculado con la responsabilidad que con el dominio; que una civilización más humana nos lleva a hacer del mundo nuestra casa más que a salir de casa para dominar el mundo; que una cultura más humana no es una cultura miedosa ni nihilista, sino la que sabe que no hay fuerza más intensa que la que se conjuga con el sentido. En la debilidad, lo humano, la vulnerabilidad …, se siente el pulso de la verdad «.

 

«

Sobre el autoconocimiento

Mi nuevo artículo en la revista Homonosapiens: Sobre el autoconocimiento.

Oímos hablar frecuentemente sobre el autoconocimiento, de su importancia y de la multitud de virtudes que puede aportar a las personas que llevan a cabo un trabajo de estas características. Pero, ¿qué es el autoconocimiento? En la actualidad se aborda desde diferentes disciplinas, enfoques y metodologías, lo que lleva a una concepción del trabajo de autoconocimiento muy amplia y difusa. En este artículo, lo abordaremos desde un contexto filosófico, y en particular, desde la Filosofía sapiencial.

Si trasladamos todo esto a un lenguaje más coloquial y orientado a nuestra vida cotidiana, entendemos que la identidad profunda y esencial del ser humano no se reduce, pues, a nuestros pensamientos, emociones y acciones sino a algo más originario que fundamenta y origina estos mismos pensamientos, emociones y acciones. En el trabajo de autoconocimiento lo que buscamos es “vivirnos” desde ese lugar que nos trasciende y se manifiesta en nosotros. Para clarificar esta idea, pongamos un ejemplo, si yo busco un autoconocimiento psicológico, me quedaré en una indagación en la que mi identidad se identifica con la fluctuación de mis emociones y de pensamientos. Si estoy triste me identifico con la idea de ser una persona triste o depresiva, pero esto no es del todo así, porque estos estados no permanecen y no pueden decir mucho acerca de quién soy realmente. Lo mismo pasa con mis pensamientos: el que piense que soy torpe, no quiere decir que sea torpe, sino que me vivo como un ser torpe porque me he identificado con el pensamiento de que soy torpe. Tampoco, en el mismo sentido, soy lo que hago. Sin embargo, ¿quién soy sino soy ni mis pensamientos, ni mis acciones, ni tampoco mis emociones? Pues, ese alguien que es, y que no deja de ser, pese a que, en algunas ocasiones, se enfade, se muestra perezoso, torpe, poco sensible o se sienta poco inteligente, porque como he dicho, esos estados fluctúan y no nos definen esencialmente como personas. Y lo que queda, aunque se quede atascado en múltiples recovecos, es un ser que anhela desenvolverse hacia su propia plenitud.

Antes que nada, me parece necesario desvincular el autoconocimiento filosófico de un tipo de autoconocimiento que se ha popularizado mucho en estas últimas décadas, en el que opera una instrumentalización de este conocimiento para conseguir bienestar y paliar el sufrimiento. Estos objetivos, aun siendo del todo legítimos, se hallan muy alejados de lo que es el autoconocimiento filosófico. Este tipo de autoconocimiento se «vende muy bien» bajo la promesa de resultados rápidos y eficaces, todo ello sazonado con la idea de que la felicidad se puede adquirir bajo el dictamen de nuestra propia voluntad, ocasionando en la mayoría de ocasiones sentimientos de culpabilidad cuando no nos sentimos felices.  Una propuesta, por tanto, impositiva y autoritaria, que va en consonancia con la obligación de ser feliz, lo que algunos han llamado happycracia, término acuñado por Edgar Cabanas y Eva Illouz en un ensayo que lleva por título dicha palabra. Así dicen:

«Ahora la felicidad se considera como un conjunto de estados psicológicos que pueden gestionarse mediante la voluntad; como el resultado de controlar nuestra fuerza interior y nuestro auténtico yo; como el único objetivo que hace que la vida sea digna de ser vivida; como el baremo con el que debemos medir el valor de nuestra biografía, nuestros éxitos y fracasos, la magnitud de nuestro desarrollo psíquico y emocional. Más importante aún, la felicidad ha llegado a establecerse como elemento central en la definición de lo que es y debe ser un buen ciudadano».

Después de esta matización, volvamos a la pregunta enunciada anteriormente: ¿qué es el autoconocimiento filosófico?  Esta cuestión la abordaremos haciendo referencia a un concepto fundamental: la identidad esencial, que nos puede permitir ciertos atisbos -no pretendo ser exhaustiva- de lo que es el autoconocimiento filosófico. Partimos de la premisa de que queremos alcanzar un conocimiento, no de cómo somos sino de quiénes somos. En la historia de la filosofía se remite al autoconocimiento en estos términos, desde los mismos presocráticos y, de forma explícita, en Sócrates. Platón lo expresa en su obra Alcibíades, en boca de Sócrates en diálogo con Alcibíades, un joven que aspira a la política. Trata de recordarle que, antes de ser gobernante, su primera tarea como hombre es gobernarse a sí mismo, y no lo conseguirá si antes no se conoce a sí mismo. A partir de aquí y a través del bellísimo símil de la vista explicará el significado de la sentencia del Oráculo de Delfos: «Conócete a ti mismo». En este texto, cuando se habla de visión está hablando de visión interior, y el autoconocimiento se entiende como “mírate a ti mismo”. Y mirarse a uno mismo no es “mirarse el ombligo” sino mirar lo que nos constituye esencialmente como seres humanos, que es aquello que gobierna en nosotros y fundamenta nuestra singularidad. Y aquello que gobierna en nosotros también es común en todos los seres humanos, por lo que podemos “mirarnos” a través del otro desde ese lugar común, no desde cualquier lugar. En el símil de la visión, la pupila hace de espejo para la mirada del otro y, por tanto, el ojo se conoce a sí mismo al reflejarse en la pupila del otro. En sus propias palabras: 

«¿Te has dado cuenta de que el rostro del que mira a un ojo se refleja en la mirada del que está enfrente, como en un espejo, en la que llamamos pupila, como una imagen del que mira…? Entonces, mi querido Alcibíades, si el alma intenta conocerse a sí misma ha de mirar a un alma, y sobre todo, a la parte de ella donde reside su excelencia, la sabiduría o algo parecido».

En esta interioridad compartida podemos reconocer a la divinidad: el conocimiento de sí. Según Platón, el trabajo de autoconocimiento, se da mediante una proyección hacia el otro, es decir, a través de otra persona que abre un espacio apropiado de comprensión espiritual en el que puede reflejarse la individualidad de nuestro propio ser. 

El autoconocimiento desde el Enfoque sapiencial es una invitación a “vivirnos” desde el ámbito del ser. ¿Cómo se hace este trabajo? Partiendo de ver quiénes no somos, de sumergirnos bajo esas capas en las que asumimos erróneamente que nuestros pensamientos, emociones y acciones son los que constituyen nuestra identidad. Tapan nuestra identidad real, ese lugar del que Platón nos hablaba en boca de Sócrates, que es el alma, entendida como sabiduría y camino de virtud. No se trata, pues de pensar sobre la tristeza que siento, haciendo un análisis o haciendo un discurso teórico de ella, ni tampoco de identificarse con la tristeza que siento como un ser triste, sino de sentir la tristeza que siento.  Sentir que siento tristeza no es lo mismo que sentirme triste. En ese sentir que siento abro un espacio en el que me hago consciente de mi propio sentir, desde dónde y cómo me relaciono con lo que siento. Sentir que siento tristeza me permite ver lo que me digo y lo que me cuento y ver las reacciones de esos juicios que enmarañan un sentir más profundo y genuino. Me hace estar atento y no tan abducido por los deseos, temores, necesidades, expectativas y miedos a los que me aferro. Me permite gobernar lo que va sucediendo porque estar consciente de mi sentir me permite focalizar en lo que sí puedo cambiar, afrontar y comprender y, al mismo tiempo, aceptar lo que no puedo cambiar ni controlar.

En relación íntima con la identidad esencial está, por tanto, nuestra sabiduría interior porque la verdad, lo auténtico, lo más real, está en el interior de las personas. En el autoconocimiento no nos basamos en un anhelo o amor a la sabiduría que proceda de fuentes externas a nosotros mismos, ni buscamos maestros que suplan o ninguneen la inteligencia intrínseca de cada uno. Platón liga esta idea con el concepto dereminiscencia. En el Menón, Sócrates defiende que “conocer es recordar” y que el conocimiento implica un “reconocimiento”, es decir, un recuerdo de las Ideas que el alma conoció antes de encarnarse en un cuerpo. Aquí en este punto converge la idea de la inmortalidad del alma con la de recordar quienes somos. La sabiduría, por tanto, no es un estado nuevo, algo que tengamos que incorporar desde el exterior, sino es el redescubrimiento de nuestra propia naturaleza. Se trata de apartar el velo que oculta nuestro propio ser. Un velo que se difumina cuando vemos claramente lo que tapa y obstaculiza nuestro propio desenvolvimiento como personas.  No es una eliminación sin más, sino un mirar que permite ver el ser sin veladuras

El autoconocimiento, entonces, es recordar lo que somos y hemos olvidado porque nos hemos aferrado a lo que creemos ser. Despertar el recuerdo en nosotros de quienes somos a través de la práctica de mirar hacia nosotros mismos -esa parte en la que podemos ser amos de nuestra vida- y de contemplar a través de nuestra experiencia lo que subyace más allá de ella. A partir de nuestras inquietudes, temores y preocupaciones se halla el anhelo de un ser que quiere ser más real, auténtico y pleno. No quedarnos, en definitiva, en la superficie sino desde allí sumergirnos en el fondo del océano que palpita en nuestro ser. Plotino, con la «simplicidad de su mirada» (Pierre Hadot) nos deja con estas bellas palabras que ilustran magistralmente esta idea:

«Regresa a ti mismo y mira: si aún no te ves bello, haz como el escultor de una estatua que ha de salirse hermosa: quita, raspa, pule y limpia hasta que hace aparecer un bello rostro en la estatua. También tú, quita todo o que sea superfluo, endereza todo lo que sea tortuoso, limpia todo lo que esté oscuro, abrillántala y no ceses de “esculpir” tu propia «estatua» hasta que resplandezca en ti el divino esplendor de la virtud, hasta que veas «la Sabiduría en pie sobre su sagrado pedestal» ¿Has llegado a esto? ¿Has visto esto?…[…] Si ves que te has convertido en esto, convirtiéndose tú mismo en una visión al adquirir confianza en ti mismo y ascender hacia lo alto, al tiempo que permaneces en este mundo, sin necesidad ya de quien te guíe, entonces, ¡fija inmensamente los ojos y mira!».

Voluntariado acompañamiento filosófico

Somos un grupo de filósofos dedicados al Acompañamiento o Asesoramiento Filosófico y vinculados a la Escuela de Filosofía Sapiencial creada por Mónica Cavallé. A través de esta página, deseamos prestar un servicio desinteresado a quienes se están viendo golpeados, a nivel existencial, por la delicada situación generada por el COVID-19. Para obtener más información: Acompañamiento filosófico COVID-19

Sobre las buenas preguntas

Sobre las buenas preguntas

Mi nuevo artículo en la revista Homonosapiens que trata sobre la importancia de hacer buenas preguntas que nos llevan a penetrar en la realidad de las cosas y, también, sobre las respuestas que vienen de una escucha atenta y cuidadosa. Es el siguiente:

Actualmente, la mayoría de las personas tienden, de forma generalizada, a ver el mundo desde una mirada resolutiva, buscando soluciones rápidas y fáciles a todo lo que les preocupa, molesta o intimida, preocupados más por resolver que por comprender, indagar y clarificar sus propias concepciones del mundo. Se da, por tanto, una mirada a la vez utilitarista e instrumentalizadora que se dirige a la consecución de buenos resultados en sus acciones, pensamientos y palabras. En este trasiego de miradas que rozan la superficie de la vida, las personas se atiborran de premios, elogios y likes. Esto da lugar a que nuestra identidad se diluya en un baile de máscaras, dirigido por un público que no resulta en absoluto neutral, pues infantiliza y ningunea el criterio propio. ¡Qué lejos estamos así de gozar del presente de forma incondicional, de descansar en el lugar dónde podamos saborear los matices, contemplar los detalles y deleitarnos con la contemplación de  lo simple!

Evidentemente, con ello no quiero negar la importancia de una mirada utilitaria y resolutiva hacia los problemas que se plantean a diario en nuestras vidas, y que resulta imprescindible para gestionar nuestra vida diaria.  Sin embargo, se dan algunos problemas de índole existencial y vital que no quedan resueltos de esta forma. Por ejemplo, por mucho que quiera solucionar un problema de insatisfacción en el trabajo, no lo podré hacer si no me detengo a preguntarme qué es lo que está pasando. Imagínate que este malestar proviene de mi temor a mostrarme tal como soy o que mi valía reside en la valoración y reconocimiento de otros.  Me pueden dar pautas y recomendaciones para que no piense, me relaje o me resigne, incluso para que abandone este trabajo. Pero, probablemente, emergerá de nuevo esa desconexión con mi valía incondicional y propia, cayendo así en una dinámica en bucle, con situaciones que de forma sospechosa convergen en un “ay, siempre me pasa lo mismo…”

En filosofía, la vía propuesta para mirar el mundo es el que se corresponde a una mirada que deviene contemplativa -no discursiva, ni resolutiva, ni enjuiciadora, ni analítica- para permitirnos ver lo que nos cuesta o no queremos ver. Uno de los elementos claves que nos posibilita alcanzar más toma de conciencia sobre la realidad es el arte de hacerse “buenas preguntas”. Con la pregunta, nos situamos en un lado o en otro desde donde mirarnos, contemplar el mundo y a los demás. Estás decidiendo, de alguna manera, cómo vivir tu vida. En palabras de Heidegger:

Filosofar consiste en preguntar por lo extraordinario… y no sólo es extraordinario aquello que se pregunta, sino el preguntar mismo… Todo preguntar es un buscar. Todo buscar tiene su dirección previa que le viene de lo buscado… El preguntar tiene, en cuanto preguntar por… aquello que se pregunta. Todo preguntar por es en algún modo preguntar a…

Es importante distinguir, por tanto, entre preguntas “no muy buenas” que nos dejan indiferentes y, otras, en cambio, que nos conmueven profundamente porque abren nuevas vías para desdibujar los contornos que nos mantienen prisioneros. Si estás atento acerca de qué te preguntas, ante una situación de desasosiego, apatía vital, incertidumbre o confusión, podrás comprender mejor cuáles son tus límites para comprender el mundo. Por ejemplo, si te preguntas cómo solucionarlo, vas a enfocarte hacia el resultado, evitando una mirada que se sumerja de forma profunda en la realidad. Si te preguntas la razón por la que el mundo está confabulado contra ti, vas a contemplar la realidad desde una mirada de víctima. Si te preguntas por qué siempre lo haces todo mal, estás viendo el mundo desde una perspectiva impregnada de frustración, en la que el culpable eres tú.

Hacer buenas preguntas requiere tener una mirada penetrante y lúcida que respete en esencia lo que la filosofía es: amor al conocimiento. La búsqueda de la verdad es el horizonte en el que se mueven las buenas preguntas, para que el interlocutor vaya desde la superficie hacía lo más hondo de su ser.  Se necesita también, estar atento a lo que no acaba de cuadrar, que puede ser sospechoso y que nos lleva a tirar del hilo, para “verlo” mejor. También se necesita querer ver. Aceptar, también, que no hay respuestas exactas, sino comprensiones que nos llevan a adquirir mayor conciencia de la realidad. Nadie mejor que Sócrates para guiarnos en el arte de hacer buenas preguntas a través del diálogo.  Con las cuestiones que lanzaba a sus interlocutores aspiraba a que ellos mismos “diesen a luz”  nuevas comprensiones, sin imponerles cómo habían de pensar o de vivir. Este método se conoce como el arte mayéutica. Platón en el Teeteto hace referencia al método socrático con estas palabras:

Mi arte mayéutica tiene las mismas características que el arte [de las comadronas]. Pero difiere de él en que hace parir a los hombres y no a las mujeres, y en que vigila las almas, y no los cuerpos, en su trabajo de parto. Lo mejor del arte que practico es, sin embargo, que permite saber si lo que engendra la reflexión del joven es una apariencia engañosa o un fruto verdadero.

Por último, en la  filosofía, se ha solido dar más relevancia a la pregunta que a la respuesta. Es evidente, tal como hemos dicho anteriormente, que las buenas preguntas marcan un territorio nuevo a explorar, en el que puedan brotar nuevas comprensiones. Es esa pregunta, que trastoca nuestro interior, la que nos permite entrever un amplio horizonte de nuevos sentidos. Esa pregunta siempre nos aturde y nos vuelve de nuevo una y otra vez. No nos deja tranquilos porque nos está avisando de que  hay algo que necesita ser visto y trascendido. Sin embargo, también podemos hablar en el ámbito filosófico de respuestas cuando las entendemos en este sentido apuntado anteriormente, es decir, como una nueva comprensión que nos acerca a la verdad. La respuesta no la vamos a alcanzar a través del pensamiento, sino a través de la vinculación con ciertas experiencias -un estado de ser-  que nos transforma.

La respuesta, más que buscarla, nos llega, cuando estamos presentes y escuchamos. Supone, por tanto, también dirigir nuestra atención a  lo que moviliza la pregunta en nuestro interior y “escuchar” la respuesta. Según Mónica Cavallé en El arte de ser:

Si se nos hace una pregunta de cierto alcance, solemos creer que, para responder adecuadamente, tenemos que analizar antes lo que vamos a responder y controlar de algún modo nuestra respuesta. Pero lo cierto es que, simplemente estando presentes y escuchando, la respuesta se alumbra sin necesidad de empujarla, controlarla o manipularla. Dirigimos la atención, pero, acudiendo a la expresión oriental, «no empujamos el río». Y dirigir la atención es escuchar. Si escuchamos bien, estando presentes en nuestra escucha, la respuesta surgirá por sí misma. Más genéricamente, cuando en nuestra vida escuchamos la realidad, la situación global en la que nos hallamos, nuestra propia interioridad, a las personas, etcétera, las respuestas adecuadas –palabras y acciones– surgirán; y si alguna de estas acciones requiere esfuerzo y disciplina, el esfuerzo y la disciplina también surgirán.

 

A %d blogueros les gusta esto: